Adios a un poeta

 

Jorge Emilio Sierra Montoya

Adiós a un poeta

Su padre, don Antonio Giraldo, era antioqueño como su abuelo, sólo que éste le había precedido unos pocos años, a comienzos del siglo XIX, en su llegada al pueblo, adonde Monseñor Estrada acababa de llegar, proveniente de Pácora .

Fue comerciante, también como buen paisa. Y tuvo almacén, según era costumbre en aquel entonces, en el primer piso de su casa («en los bajos», decían), a escasos metros de la Plaza de Bolívar y cuando apenas se abre la concurrida Calle Real, centro comercial del municipio.

Allí, en esa casa, pasaron su infancia todos ellos, los hijos de don An­tonio y doña Camila, una de las familias más distinguidas de Marsella: Ernesto, el mayor, quien a los 32 años fue víctima de una extraña y fatal enfermedad que frustró su brillante carrera intelectual, de la cual quedaconstancia en los archivos del periódico «La Patria»; Carlos,el Padre Giraldo», educado en Holanda, orador sagrado como ninguno y profesor de latín y griego en el Seminario de Manizales; Camilo, sacerdote igual­ mente, y él, Fabio, que terminó como profesor de literatura -¡sin haber concluído el bachillerato! – y vendedor de zapatos, a la manera de su pa­dre, en un local situado enseguida del que éste tenía.

Se volvió, pues, comerciante, aunque a simple vista no parecía que lo fuera, tanto por su estampa distinguida como por su notoria timidez, su espíritu reservado y hasta sus palabras entrecortadas, algo ininteligibles, cuando osaba abrir la boca para atender a los clientes, quienes siempre lo llamaban » don Fabio» con el respeto debido.

Pocos sabían, sin embargo, que detrás del mostrador, detrás incluso de la imagen de un hombre tan respetable y tímido, se escondía un autén­tico poeta, que sólo se decidió a escribir versos hacia los 75 años de edad, cuando en las tardes, ya jubilado, regresaba cansado al hogar para sentar­se al frente del jardín, donde las rosas rojas eran sus flores favoritas.

Escribìa sonetos,bellos, sonetos en cabal cumplimiento del gran reto que se impuso en la vida, una larga vida proxima a dar el salto a la eterni­dad que sueñan los fervientes cristianos como él.

Estaba leyendo El Romancero Español, pues desde muy joven, desde su temprana adolescencia, la literatura española lo había seducido. Pero, ya era profesor en el Instituto Estrada cuando esto sucedió en la casa de sus padres, cuando «doña Camila» soltó el comentario, tan pronto le vio el libro.

«Ese es un libro de romances», apuntó con certeza, recitando a conti­nuación uno de ellos, un largo romance, ante la mirada sorprendida de su hijo.

Fue así como entendió de dónde habían sacado los Giraldo Vélez su profunda sensibilidad y amor a las cosas del espíritu, cuando no la ex­traordinaria inleligencia que para algunos de sus paisanos bordeaba la genialidad y la locura.

Claro que su padre, don Antonio Giraldo, también influyó. A él parti­cularmente le tocaba leerle, en voz alta,.los editoriales de «La Patria» que todos los conservadores del pueblo, como mi abuelo, devoraban cada día para alimentar un sectarismo cercano a la devoción, a la idolatría.

A lo mejor por eso, recién cumplidos los 18 años, con sus mejores ami­gos logró formar un grupo intelectual («La Generación del 30», se bautiza­ron), al que pertenecieron Fabio Vásquez Botero, ilustre representante de la escuela Grecocaldense en sus escritos p.eriodísticos y en sus conmovedores discursos que hicieron historia en todo el país; Carlos Arturo Gil,célebre abogado con el paso del tiempo, y Camilo Restrepo, quien luego fue Gobernador de Caldas, entre otros que apenas recuerda por sus apelli­ dos:Bedoya, Vargas…, unos y otros formados con los libros que Monseñor Estrada les prestaba en la Casa Cural, de donde la enorme biblioteca fue desapareciendo como por arte de magia, como si fuera obra de los espíri­tus.

Primero fueron las novelas de aventuras, como las de Salgari y Julio Verne; después, los clásicos españoles,,desde Cervantes hasta Azorín («mi gran maestro»,confiesa),pasando por la literatura francesa hasta llegar a Dostoievski, Thomas Man y Kafka, sin olvidar lo nuestro, lo autóctono, desde Carrasquilla hasta García Marquez,a quien naturalmente leyó en la últimas décadas.
Pero siempre, del primero al último día de su extensa vida intelectual, la poesía. Lope de Vega, Gòngora,Neruda,Martì…,a quienes considera insuperables en la medida, además, en que este género literario quedó rezagado -sentencia- frente a los extraordinarios avances, durante el presente siglo, de la narrativa, del cuento y la novela.

Los versos, entonces, han sido el plato fuerte de su gusto por las letras. Les debe -dice- ser mucho más humano; son como un navío -precisa con voz débil, en su lecho de enfermo- hacia la paz interior que todos nece­sitamos», y por el culto que les rinde, por ser el supremo valor en su exis­tencia («nunca me ha importado la plata», comenta .en actitud blasfema para los paisas), decidió seguir el sabio consejo de Juan Lozano y Lozano.

«Para darle armonía al lenguaje, hay que leer los sonetos clásicos es­pañoles, del Siglo de Oro», como que observaba, con autoridad incuestio­nable, el perfecto sonetista de la Catedral de Colonia.

Él, por su parte, quiso ir más lejos todavía: no sólo leerlos sino tam­bién escribirlos, para lo cual tuvo que cruzar la barrera de los 70 años, estando a un paso de ser octogenario, no sin antes ser profesor de literatu­ra durante un prolongado cuarto de siglo y fungir como propietario de un almacén de calzado, en la Calle Real, de donde salía poco antes de las seis de la tarde hacia su casa, al frente de cuyo jardín se sentaba para escribir sonetos al mejor estilo de los clásicos españoles.

Así cumplía el principal reto de su vida, superior a la crianza de sus tres hijos y la perpetua fidelidad a su amada esposa, doña Mery López, tía del actual Gobernador de Risaralda, Carlos Arturo López Ángel.


Doña Mery presintió la tragedia, la dolorosa tragedia, en una fría ma­ñana de invierno, cuando don Fabio, próximo a levantarse para ir al traba­jo, le preguntó si lo había tocado en el hombro como si lo estuviera empu­jando suavemente.

«Es Diana que lo está llamando», pensó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas al sentir de nuevo la terrible ausencia de la hija muerta tres años atrás víctima de un cáncer, como el que acaban de descubrirle al vie­jo, aquel poeta clandestino que mantenía sus escritos guardados en un escaparate, desconocidos aún por sus seres más queridos, como ella.
Es ahí, en su lecho de enfermo, donde ahora lo encuentro. No puede siquiera levantarse; la última vez que lo hizo fue en presencia de mi her­mano Darío, para mostrarle los versos celosamente escondidos hasta en­tonces, y en su rostro, donde los huesos empiezan a brotar entre la piel ajada y amarilla, se insinúan las huellas de la muerte, esa muerte «irreme­diable» que llamaría en algún poema.

Nunca antes, en muchos años de constantes visitas, lo había visto así, ni mucho menos fuera de su negocio, del que salíamos a tomar tinto para hablar de literatura, de su maestro Azorín, del Siglo de Oro español, de su vasto conocimiento de El Quijote (que le mereció, en el Instituto, moción de aplauso a petición de un ilustre supervisor) y de la decadencia de los tiempos que corren, donde los supremos valores -anotaba en sus editoria­les del periódico local- se han perdido por rendirle culto al enriquecimien­to fácil, sin importar que sea ilícito.

En sus ojos, sin embargo, brilla la esperanza, lejos de pensar que este encuentro sea el último, ni que la despedida sea definitiva. No. Como buen cristiano, custodiado por un crucifijo que cuelga en la cabecera de su cama, se dispone confiado a dar el salto hacia la vida eterna, mientras oye la lectura de uno de sus sonetos, con la mirada débil, perdida en el más allá, lista a apagarse:

 

 

Perdóname, Señor, si en mi locura

ingrato me olvidé de tu clemencia;

si ciego fui a la luz de tu presencia

en esta noche mía, triste, oscura.

 

Si propicio no fue mi cruel empeño

en dar mi voluntad a ti rendida;
si no confié en tu amor canto de vida;

si no hice de tu cruz sagrado leño.

 

Perdóname, Señor, si indiferente

a tu porfía de llamarme hermano

viví alejado de tu fuego ardiente.

 

Dame, Señor, tu corazón de abrigo.
Así tendré de tu divina mano
la visión celestial de estar contigo

 

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