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CENTENARIO DE LEONIDAS LÓPEZ

Centenario de Leonidas López, el poeta ahogado en el río Cauca

Por Jorge Emilio Sierra Montoya

Sobre el médico marsellés Leonidas López, de quien conmemoramos su centenario de muerte en este mes de agosto, el padre Fabo hizo un alto elogio de su producción poética.

“Me cautiva Leonidas López -escribió en su célebre Historia de Manizales-, a quien reputaba yo mejor cirujano literario que médico”.

Y expresaba, en el estilo propio de su época: “Con el bisturí y el escalpelo de su pluma era una potencia; sus análisis químicos y bacteriológicos del bacilo de la ironía me seducían”.

En mi libro “Historias y leyendas de pueblo” (2000) publiqué la siguiente semblanza con las dos versiones, tan opuestas, acerca de su vida y, sobre todo, su trágica muerte en las turbulentas aguas del río Cauca.

Nicasio López, el colonizador

Nicasio López

Su familia fue una de las primeras en llegar a Marsella. No exactamente de las fundadoras que llegaron, con Pedro Pineda a la cabeza, desde 1860, cuando nació Villa Rica de Segovia, sino de las que serían como la segunda generación, en las dos últimas dos décadas del siglo XIX.

En efecto, de Nicasio López ya se sabe, con las debidas investigaciones históricas, que llegó, a fines del siglo XIX, con la esposa, Beatriz López Ocampo, más los primeros hijos, y que hacia 1890 fue el pionero de la siembra de café en su finca El Tablazo. nada menos que en sociedad con el padre de don Manuel Mejía, famoso dirigente cafetero conocido a nivel mundial como Mr. Coffee.

Nicasio fue, entonces, uno de los colonizadores antioqueños del Viejo Caldas (que incluía los actuales departamentos de Risaralda y Quindío). Debe haber venido con algún dinero, que por aquellos tiempos era bastante escaso, pues empezó a construir, con sus compañeros de lucha, las amplias viviendas de bahareque, una de las cuales, en una esquina de la Plaza de Bolívar, fue la suya.

Esta casa, por cierto, se conserva hoy todavía con las ventanas volcadas hacia el parque, el largo alero para esconderse de la lluvia, el tejado que sobresale a lo lejos y el corredor que recorría las salas, el comedor, la cocina, el tenebroso baño y cuatro habitaciones, donde transcurrió buena parte de mi infancia.

La finca El Tablazo

Su finca, que acabamos de mencionar, estaba en las afueras del pueblo, de donde se llega en escasos veinte minutos a pie, por caminos de herradura y entre cafetales, con flores silvestres que a cada momento sorprenden a los solitarios caminantes, casi siempre humildes campesinos que nunca dejan de dar los buenos días.

Es una de las viviendas más bellas de la región, con paredes enormes que son tapias y también con un corredor alrededor de su segunda planta, adonde llegan, cansadas, dos viejas escaleras: la entrada principal, que en aquella época era de uso exclusivo de la familia y sus amigos, mientras la otra, en la parte de atrás, era sólo para los jornaleros o la servidumbre.

Fue ahí, en dicha casa, donde ocurrió la triste historia del doctor Leonidas López, uno de los tres hijos varones de Nicasio (con Antonio y Ricardito). Una historia de amor, digna de tiempos marcados por el romanticismo.

Enamorado y con plata

Es una historia de amor, en realidad. Así la contaban mis abuelos maternos, cuando yo era un adolescente, aunque luego comprendí, con el paso del tiempo, que se trataba de una versión arreglada, oficial, tanto en consideración de mi temprana edad como por cuidar el buen nombre de la familia, familia de rancio abolengo en un pueblo de montañeros.

Lo cierto es que Leonidas tuvo la fortuna, la enorme fortuna, de nacer en un hogar acomodado, influyente, de prestigio, donde su padre ostentaba el título, entre muchos otros, de haber sido primer alcalde de Marsella, en 1904, cuando se creó el municipio por ordenanza de la Asamblea del Cauca, y primer presidente del Concejo municipal tras la creación del departamento de Caldas, en 1905, siendo además una de las personas más ricas del pueblo.

No tenía, pues, de qué preocuparse en materia económica. Los únicos asuntos que le preocupaban, en su temprana juventud, eran los sentimentales, del corazón, al haberse enamorado de una hermosa dama (cuyo nombre se ocultaba, por razones desconocidas, a quienes nos preciamos de llevar la sangre de los López en las generaciones posteriores).

Y aquella relación iba rumbo al matrimonio, según suele decirse.

Salida al exterior y regreso

Además de niño rico y enamoradizo, el joven resultó inteligente. De ahí que su papá, temeroso de ver frustrada la carrera de tan brillante hijo, quiso alejarlo de Marsella, de su novia y futura esposa, imponiéndole su santa voluntad de irse a estudiar medicina en el extranjero, exactamente en Francia. Ante tal decisión, no valían los ruegos, ni los reclamos, ni las presiones de sus amigos, ni los consejos de monseñor Jesús María Estrada.

“¡Te vas! -le dijo-. Cuando regresés, ya sabrás qué hacer con tu vida”.

Al volver a Marsella, con el flamante título de doctor entre sus pesadas maletas traídas del viejo continente con libros y más libros de versos (al fin y al cabo, resultó poeta en medio de la soledad europea y el dolor insoportable de haber dejado su primer amor), se encontró con la infausta noticia de que ella, la enigmática novia que no registraban las historias familiares, se había casado, a lo mejor cansada de esperarlo. O simplemente por haberse enamorado de otro.

Una tragedia romántica

Leónidas no resistió el golpe. Arrojó lejos, con furia, su anillo de compromiso, y se encerró a escribir poemas decadentes, románticos, en El Tablazo, donde en ocasiones atendía a sus pacientes (su consultorio con droguería quedaba en los bajos de la casa paterna) cuando el vicio de la morfina en que cayó, igual que su primo Alfonso, se lo permitía. O cuando no tenía que ir hasta el pueblo, en casos de emergencia.

Una emergencia fue precisamente la que le costó la vida. Era de noche -contaba mi abuelo Felipe-; caía una lluvia pertinaz, y de las sombras salieron a avisarle que su antigua novia estaba a punto de tener un hijo, el primogénito, en su finca al otro lado del río Cauca.

“Usted es el único que puede salvarla”, le advirtieron.

No lo pensó dos veces. Tomó su caballo, partió como alma que lleva el diablo hacia Beltrán, a orillas del Cauca, y, al tratar de pasar por el puente, comprobó con angustia que le habían echado candado, seguramente por seguridad, para evitar el robo de ganado a los ataques de la chusma.

Gritó hasta el cansancio para que le abrieran. Nadie lo escuchó. Y desesperado por el miedo a perderla, se lanzó a las aguas del río, confiado -aseguraba el viejo, exaltado por la dramática situación descrita- en que sus condiciones óptimas de nadador le permitirían cruzarlo a pesar de la corriente turbulenta, agitada por la lluvia.

No pudo alcanzar su objetivo. El Cauca se lo tragó, a escasos metros de la finca donde su único amor daba a luz el hijo que él soñó con ser suyo.

“Murió en su ley, como buen poeta romántico”, concluía papito Felipe.

La segunda versión

Algo faltaba en esa historia, me decía. Era demasiado bella para ser cierta. Además -me preguntaba, con inquietud-, ¿quién presenció la escena de su muerte si nadie le acompañaba?…

Preguntas similares me asaltaron durante largos años, incluso mucho después de la muerte de mis abuelos. Hasta que por fin logré despejar todas las dudas, si bien con la tristeza de revelar el misterio, de ver esfumarse la fantasía.

Porque era una fantasía esa historia. La verdad es que Leonidas sí era hijo de Nicasio, sí estudió medicina (aún se discute si en París o en Bogotá) y sí regresó al pueblo, pero es falso que tuviera una novia de juventud, a quien luego encontrara casada, siendo infiel al compromiso contraído.

No. La historia real es sórdida, por decir lo menos: se enamoró, tan pronto volvió al pueblo, de una mujer de vida alegre, que ofrecía sus servicios en El Morro, como se llamaba el prostíbulo local, y, enfrentado a la voluntad de su padre y a los ruegos de su madre Beatriz, la convirtió en su mujer, amante o moza, ante la mirada escandalizada del pueblo.

De todos modos, la feliz pareja buscaba guardar las apariencias. O ser prudentes, en lo posible. Y cuando querían dar rienda suelta a sus amores tormentosos, preferían irse hasta el pueblo vecino: Belalcázar, situado en lo alto de una colina.

El río se lo tragó

Beatríz López Ocampo

Para llegar hasta Belalcázar tenían que atravesar, por Beltrán, el río Cauca, cruzado de veras por un puente que permanecía abierto o cerrado por orden del alcalde.

El alcalde de Marsella en esos días no era Nicasio su padre sino uno de sus hermanos, Antonio, quien no se sabe si por voluntad propia o por insistencia de Beatriz, su madre, ordenó cerrar el puente al saber que Leonidas, según le informaron en El Tablazo, iba rumbo a Belalcázar en su caballo, con la odiada prostituta en ancas.

Y sí: ante el obstáculo que se les presentó, el médico, con sus buenos tragos en la cabeza, se lanzó a atravesar el río, con tan mala suerte que éste, sin estar crecido ni haber lluvia, se lo llevó, mientras su querida lanzaba gritos desesperados desde la orilla.

De ese modo, ella pudo volver al pueblo, mantener su rentable negocio de putas y fomentar la versión, entre orgías y borracheras, de que la madre y el hermano de Leonidas lo habían asesinado por impedir su viaje de placer a Belalcázar.

“¡Ellos son los culpables”, gritaba desde El Morro, y el eco resonaba en el parque principal, en una de cuyas casas enormes vivía doña Beatriz López, viuda de Nicasio, agobiada por el recuerdo de su hijo muerto en el Cauca.

(*) Escritor y periodista. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

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