DON ARGEMIRO VILLADA

Don Argemiro Villada, un personaje ligado a nuestra infancia»

Por Diego Franco Valencia

En los recuerdos de la grata infancia de nuestra generación hay una infinidad de sitios, juegos y personajes que convirtieron al Marsella de entonces, para nuestra particular vivencia, en una imagen tatuada en la memoria, con singulares detalles.

Era la época del Marsella aldeano, donde los vecinos eran pocos y todas las cosas tenían para nuestra cotidianidad un especial significado. En este sitio de escasas calles y carreteras destapadas discurrió nuestra vida. El «niño Dios» no tenía memoria. Se olvidaba que nuestros sueños de poseer una bicicleta eran prioritarios. Seguramente, en el hogar no había plata y, mucho menos, ánimo y disposición para dotar a los niños o adolescentes de este particular vehículo de dos llantas que abreviaría distancias para hacer los «mandados» o vueltas familiares o, simplemente, pasear por la comarca. La bicicleta «estaba de moda». Posiblemente «el miedo» de los padres a que un accidente fatal nos ocurriera y, porque no, una singular «tacañería», también contribuyeron a que las «cartas al niño del pesebre» nunca llegaran a su destino.

Qué nos quedaba, entonces, a los niños que crecíamos y sentíamos la necesidad de pasar del «estrato triciclo» al «estrato bicicleta»?. Acudir al alquiler de bicicletas. Por cinco centavos la media hora, diez centavos la hora, o menos pesos por más tiempo (había descuentos especiales), podíamos acceder a las bicicletas de Juan Cruz («Juan Cuca») o a las de don Argemiro Villada. Mi personaje tenia «una flota» de 12 o 14 bicicletas y un triciclo de cadena, para satisfacer todos los gustos y tamaños. La cuidaba con esmero, porque el era, a la vez, su mecánico. Cuando acudíamos por primera vez a su «bicicleteria», la pregunta obligada de don Argcmiro era: Y usted ya sabe montar en estos aparatos?. «Estamos aprendiendo, apenas, don Argcmiro». «Yo no le alquilo a «chambones!», era su respuesta final y ahí morían nuestros sueños. Así, creamos la imagen de que era un señor bravo, inabordable. Sin embargo, a la vez, aprendimos que en el simple alquiler de las «ciclas» había también estratos. El estrato uno eran los aprendices o chambones». Esos iban donde «Juan Cuca». Por ello, sus bicicletas eran «destartaladas», torcidas y amarradas con alambres. Los aprendidos eran estrato dos. Van para donde Argemiro. Buenas bicicletas, bien pintadas y de «fina estampa».

Así aprendimos a montar en bicicleta los integrantes de toda una generación de muchachos de Marsella.. En medio de caídas y de regaños de mal gusto para nosotros, pero justos por el daño que ocasionábamos a los propietarios de las bicicletas de alquiler. También aprendi­mos que «el niño Dios» no nos había olvidado. Por el contrario, nos había puesto a estos señores para que lográramos uno de nuestros sueños de la infancia.

Cuando adentramos más en su hogar, reconocimos en don Argemiro que se trataba de un gran ser humano, luchador de la vida, amante de su esposa y de su familia, servicial con el necesitado y solidario con las causas del pueblo y de los desposeídos. Sufrió los rigores de la violencia política. En ello, doña Judith, su esposa, llegó a ser su ángel de la Guarda. Representante del M.R.L., movimiento liberal fundado por el expresidente Alfonso López Michelsen. hacia los años 1960, llegó a ser Concejal.

Don Argcmiro tenía su actividad mayor en la industria panificadora. Su panadería llegó a ser, para mi gusto, la mejor en la historia nuestra. El pan «granada», las casadillas, las cucas y el pandequeso de su labor fueron inigualables en el medio. Allí se forjaron muchos de los panaderos del lugar y se le brindó trabajo a muchos. En su horno de leña labró la pequeña fortuna que algún día poseyó. Con ella, responsable­mente, «levantó» su numerosa familia. Hijos a quienes procuró una buena educación e inculcó los valores del respeto, el compañerismo, la responsabi­lidad, la hospitalidad y los mejores principios éticos.

De mi amistad entrañable con su hijo Hernán, fallecido hace poco tiempo, y en cuyo honor escribo estas notas, logré deducir el gran ser humano que se albergaba en su menudo cuerpo moreno. Amigo de la hípica y contador de anécdotas increíbles, surgidas muchas de ellas de su afición por la «guaquería».

La memoria de don Argemiro Villada merece reconocimiento especial, no solo por su civismo, si no por su aporte al desarrollo de la industria local. Desaparece de este mundo después de haber padecido las angustias propias de la desaparición de su amada esposa y de varios de sus entrañables hijos. Penas que lo acompañaron hasta el final de sus días, ya en edad senil.

Una oración y unas lágrimas por este hombre de bien a quien, cariñosamente, recordamos los «chambones» que, alguna vez, acabamos con sus bicicletas.

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