DON OCTAVIO, EL TELEGRAFISTA

UN PERSONAJE INOLVIDABLE “DON OCTAVIO CASTAÑO  EL TELEGRAFISTA”

Por Diego Franco Valencia

Estábamos aun niños, cuando nos inquietábamos por el adelanto de las comunicaciones. Existía, en el viejo Palacio Municipal, una dependencia que se caracterizaba por el ruido constante de la telefónica (cimiento primario del Telecom local) y de la máquina de telégrafo. Ese era el centro neurálgico de las comunicaciones. Allí no solo llegaban, si no que se originaban las comunicaciones por teléfono con el resto del país y, si se quiere, del mundo. Entre clavijas y tableros perforados se desempeñaban las telefonistas (generalmente eran mujeres) y, a su lado, el misterioso personaje que manejaba el telégrafo. Era el telegrafista el encargado de descifrar ese mensaje, transmitido mediante ondas electromagnéticas, que llegaba, en un tableteo constante, a un aparatico ideado, según muchos, por Samuel Morse un día de 1836, (el primer telegrama se transmitió en 1844) aunque, como todos los inventos, éste no era más que el resultado colectivo de muchos inquietos por la ciencia. Aquel invento fue perfeccionado, años después por Guillermo Marconi, a quien se le atribuye la invención de la telegrafía sin hilos (1907). Tildo de «personaje misterioso» a aquel funcionario porque era el ser capaz de interpretar, a una velocidad increíble, el código morse, un sistema de puntos y rayas (alfabeto) que luego traducía en una vieja máquina de escribir Remington y que plasmada en un formato que se llamaba telegrama

Conocimos, entonces, en este interesante oficio a Raúl Becerra, posteriormente a Edelmira Salazar y, por último a Octavio Castaño Benjumea .Me ocupo de don Octavio por lo que significó en la historia de Marsella. Hombre de grandes calidades humanas (ya he referido que tuve la oportunidad de laborar con él, en lo que considero «mi primer empleo»: citador de la telefónica), sencillo y práctico, audaz e inteligente. Capaz de enfrentarse a desafíos sociales tales como organizar festivales germen de las Fiestas de la Amistad) y carnavales para apoyar obras de beneficio comunitario; socio y administrador del desaparecido «Club Social», dirigente deportivo abnegado y un «enamorado sempiterno» de su oficio. Desde la Junta Municipal de Deportes, llevó a la selección Marsella al reconocimiento en otros lares, por su organización, disciplina y jerarquía. La preparación de los campeonatos de fútbol locales siempre contó con su «desfile inaugural» y su premiación pública final. Venido de Belalcázar, hacia la primera década de los años sesenta del siglo pasado, siendo muy joven, se enamoró de nuestro pequeño pueblo. Toda la vida soñó con dotarlo de una oficina digna que albergara las comunicaciones a que nos referimos y a fe que lo consiguió. Fue el gestor de la sede que ocupó Telecom en el sector de la Galería, cuando ya había desaparecido el viejo telégrafo y el telegrama entró en decadencia, hasta extinguirse. Fueron también «otros tiempos», en los que la comunicación telefónica se hacía vía microondas, por un intrincado sistema de antenas y parabólicas que hoy ocultan y minimizan los modernos sistemas de comunicación satelital. Cuándo íbamos a imaginar que el «monstruo» de la telefónica y la telegrafía nos iba a caber en un bolsillo?. En los tiempos presentes, «el celular» es, para mí, la expresión moderna de la «telefónica y el telégrafo» de Don Octavio. El mensaje de voz está ahí, sin clavijas ni cables y el tintineo del aviso del mensaje de texto, también nos define que ha llegado una noticia o un anuncio nuevo que se puede leer en una pantalla led, con la simplicidad de un toque táctil .Aquí también quiso que germinara su semilla. Casado con doña Esperanza Montoya, compañera de civismo y de su vida, obtuvo el mejor premio a su gestión humana: una familia útil a la sociedad: José Fernando, Claudia, Juan Manuel, Andrés Felipe, Diego, Julián y Alberto Mario, sus hijos, darán fe de su obra .En resumen, Don Octavio es uno de esos prohombres ocultos en la historia de los pueblos. Personas que, aunque mereciéndolo, nunca tuvieron un reconocimiento ni disfrutaron de un honor supremo.

Hoy, Telecomes un capítulo del pasado de Marsella, pero podemos estar seguros que en la mente de Don Octavio vive y resuena, con la misma intensidad con que lo hacía su olvidado y viejo aparato de telégrafo, escondido en las entrañas históricas del antiguo Palacio Municipal. 

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