HISTORIAS Y LEYENDAS DEL PUEBLO

Por Jorge Emilio Sierra Montoya

De un momento a otro, especialmente en las noches, comenzaron a oírse extraños ruidos que provenían del mismo fondo de la tierra. Era extraño, además, que se concentraran ahí, debajo de la Plaza de Bolívar, y que por consiguiente fueran las mejores familia’; (como los Angel, claro), quienes solían residir en las bellas casonas alrededor del Parque, las que sufrían en mayor grado las penosas consecuencias del alboroto en cuestión, aunque nadie se libró de lo ocurrido, llegándose a creer por momentos que aquello surgía por todos lados. Lo cierto es que pasaban los días, pero nada que los ruidos cesaban. Al contrario, eran cada vez más intensos, sin que ningún parroquiano supiera cuál era la causa, pues alguna debían tener porque a fin de cuentas no había quien dejara de escucharlos. Al principio se pensó en una causa física. Sólo que fue descartada de inmediato al constatar, con angustia, que en muchas ocasiones se oían quejidos o voces de ultratumba según algunos, cuando no aseguraban otros, expertos en el tema- los sonidos característicos del viejo cementerio, de las tumbas indígenas descubiertas y profanadas por guaqueros, o de los célebres «entierros» dejados por antiguos moradores en las frágiles casas de bahareque. Fue entonces cuando intervino monseñor Estrada, asegurando que tales fenómenos podían ser manifestaciones del maligno y prueba de la maldad que venia apoderándose de Marsella, la antes tranquila y piadosa Villa Rica de Segovia. Como era de esperarse, las afirmaciones del cura fueron tomadas al pie de la letra. Tanto que la misa de cinco, a las cinco en punto de la mañana, tuvo más feligreses que nunca, y el rosario de la aurora se repetía en coro, casi a los gritos, y se realizaron varias peregrinaciones al Señor de los Milagros en Buga o, si el dinero no alcanzaba, a la Catedral de la Pobreza en Pereira.

Asi transcurrieron cerca de tres meses. No valieron los rezos, sin embargo. A más rosarios, más ruidos, de los que ya se decía que lograban escucharse en San Vicente, o sea, en la parte alta del pueblo, donde vivían personas muy humildes, o en Alto Cíelo, al otro extremo, por la carretera hacia Pereira, o en La Rioja, rumbo al cementerio, como tenía que ser. ¿Cuál fue el fin preguntarán ustedes- de tan terrorífica historia, la cual transformó por completo la vida

municipal hasta llenar de pánico a cada uno de sus hogares? Aún hoy circula la versión en el sentido de que todo acabó por un exorcismo de monseñor, quien habría logrado, tras las consultas de rigor al Obispo, expulsar al demonio, con rogativas a granel.

Pero, eso debe ser puro cuento. La verdad, la pura verdad, es que Chingolo, hijo de Eutiquio Angel, fue descubierto como autor material e intelectual de tan terrible fechoría, digna de Satanás, el rey de las tinieblas, según decían las abuelas al concluir el rosario. Y es que Chingolo, aprovechando los túneles cavados por los ingleses para buscar la codiciada mina de oro que estaba dizque debajo del pueblo, metió por ellos hasta el fondo, exactamente hasta debajo de la Plaza de Bolívar, unos largos palos de guadua, huecos, que al soplarse provocaban los extraños ruidos, cuyo origen era inimaginable en realidad.

Alguien tuvo que haberlo delatado. Por eso Chingolo. trashumante como sus antepasados arriaos, no tuvo otra salida que escapar e irse del pueblo al menos

por un tiempo.

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Regresó después de varios años, cuando la violencia política lanzaba sus primeras arremetidas, supongo que por allá en la década del treinta o a comienzos de los cuarenta.

Pues bien (o mal, en opinión de sus parientes): Chingolo resultó godo, muy godo, es decir, conservador, miembro ilustre del partido contrario al de sus padres, hermanos, tíos y primos. ¿Un Angel godo? Increíble, es cierto. Nunca falta la oveja negra, le reprochaban en casa con ironía, en tono de burla, con el propósito obvio de ofenderlo y sacarlo de casillas.

Acaso por esto, por la férrea oposición familiar, no tardó en volverse sectario. O tornarse «de sangre azul» en sentido estricto. Tanto que antes de aparecer «los pájaros» y cuando los dos bandos políticos se enfrentaban a machetazo limpio, dándose apenas con el plan y no con el filo cortante y letal. Chingolo al decir de su sobrino Guillermo- señalaba a los liberales  que debían ser aplanchados para propinarles así una  soberana paliza, pero sin matarlos. Era un soplón, mejor dicho. Con lo cual desató la furia de los rojos o «cachiporros;» bajo el mando de los suyos, los Angel, quienes desde la fundación del municipio han estado al frente de la alcaldía y hasta la gobernación del departamento. No era violento, sin embargo. Ni era amigo de la violencia. De ahí que cuando aparecieron «los pájaros», y el pueblo se empezó a llenar de muertos que aparecían sobre ríos de sangre en las calles, y por doquier proliferaban viudas como mi madre- con sus hijos huérfanos por la maldita violencia, Chingolo tomó las de Villadiego, igual que lo hiciera tras la persecución desatada en su contra para castigarlo por la terrible fechoría con los palos de guadua.

Fue a parar a San Martín, Meta. El llano le atraía. Y más lo atrajo cuando supo que el jefe político del pueblo era Ángel como él y a lo mejor de su familia pues también era liberal como su padre Eutiquio, su abuelo Benjamín y el resto de la prole, todavía residentes en Marsella.

No lo pensó dos veces. Fue donde «el cacique» de tumo, se le presentó como su lejano pariente perdido en medio de la legendaria colonización antioqueña, y con toda tranquilidad le dijo que si, que era liberal, que ni siquiera podía ver el color azul en el cielo. Tuvo que actuar de esa forma, en verdad Al fin y al cabo San Martín era un fortín liberal, de punta a punta; quien no fuera «rojo» estaba condenado a desaparecer del planeta, y como a Chingolo sólo le interesaba vivir tranquilo, ojalá con buena plata en el bolsillo, interpretó su cambio de partido como una mentira piadosa, necesaria para ganarse la vida en el comercio sin ningún problema, asi como la confianza del jefe político de marras.

Una confianza que nunca fue absoluta, por lo visto. No. Quizá por las intrigas de quienes envidiaban al afortunado forastero, el Directorio Liberal de San Martin, con la flamante firma de un señor Angel como presidente, envió a Marsella un telegrama para que sus copartidarios identificaran la filiación partidista de Néstor Angel Vélez. más conocido como Chingolo. En aquel entonces, el Directorio Liberal de Marsella era presidido por Gustavo Aristizábal, quien no paró mientes en responder que el ciudadano en cuestión era godo, no liberal, y que por nada del mundo lo admitieran en sus filas. «Es godo y de los malos», precisaba el mensaje que transmitió Aleida Correa, la telegrafista, en su fría oficina del primer piso de la alcaldía. De nuevo, Chingolo tuvo que echar pies en polvorosa, consciente de que lo iban a linchar, sin atender a sus explicaciones. Salió de inmediato, a las carreras, sin un peso en el bolsillo.

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Con el tiempo. Chingolo terminó en Leticia, en pleno corazón de la selva amazónica. Si bien era pacifista y enemigo de la violencia, traficaba con armas, siempre destinadas al mejor postor, sin importarle que éste fuera conservador, liberal o comunista Como paisa de pura cepa, ponía sus intereses económicos por encima de cualquier consideración política, ideológica. Hasta cuando lo pescaron in fra ganti. Si. ya estaba sentado en la silla del avión, y hasta se habían prendido los motores del pequeño aeroplano que cada tres días retaba la inmensa  espesura de la selva, cuando alcanzó a ver por la ventana a un grupo de policías con afán de detener a algún criminal fugitivo.

«Me cogieron», pensó. Pero, como su maleta llena de municiones estaba a sus pies (era ahí entonces donde se llevaba el equipaje), con la velocidad de un rayo la empujó al lado, al lugar  que le correspondía al pasajero de su derecha, quien resultó ser cura, indiferente por completo a cuanto le ocurría a su alrededor. «¿Usted es quien le lleva armas a Efrain González?», le preguntó al sacerdote cuando los agentes del orden abrieron el maletín, sorprendido en apariencia porque un servidor de Dios estuviera aliado con los bandoleros.

 Y aunque el acusado negó su culpa, tuvo que pagar junto a él segundo sospechoso de cometa el delito- seis meses de cárcel, período durante el cual hubo mutuas recriminaciones, continuas, que los demás reos disfrutaban a sus anchas.

Y aunque luego recuperó su libertad, Chingolo permaneció en Leticia. Fue allí donde murió, como próspero comerciante..

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