LA BANDA DE MUSICOS

 “LA BANDA DE MÚSICOS, una de las añoranzas” 

Ayer» surge el recuerdo de las «retretas» o conciertos populares amenizados por los viejos integrantes de la Banda Municipal, auspiciada por la administración local, cuyo principal escenario era el parque principal, en aquel entonces «Parque la Pola», al pie del busto de Bolívar; a un costado de la Pila Central, única sobrevi­viente de aquellos tiempos.

La «retreta», era todo un acontecimiento. Aparte de alegrar las noches domingueras, hacía las veces de fondo musical, el marco romántico para las parejas de enamora­dos, unos chicos, otros adolescentes y otros más veteranos, que giraban en torno al redondel o se acomodaban en los escaños de madera apostados en las avenidas del hermoso parque aldeano, iluminado por unas tenues farolas en las que terminaban los postes decorativos de la «antesala del pueblo», como solía llamarse.

No existían las discotecas ruidosas de hoy. Solo uno que otro café, como el Bar Social, administrado por Jaime Rivera o el tradicional bar de Suy (Manuel Bedoya), ostentaban el »privilegio» de colocar música grabada en acetatos, en las viejas pianolas o «pianos». Pero estos eran sitios para beber y recordar. Eran el lugar para calmar la tusa y llorar las infidelidades o contar las travesuras surgidas de las mismas. Eran lugares «para hombres» y no para novios y, mucho menos, para disfrutar en familia. Apenas empezaban a insinuarse negocios familiares o «fuentes de soda» como la Perla, la Cabañita, el Guadualito o Torrijos.

Así, la salida a ver la retreta era el mejor pretexto para el encuentro de novios, actividad casi clandestina, en una época en que formalizar una relación amorosa era «toda una tragedia», dada la vigilan­cia superlativa que ejercían la mayoría de suegros sobre las hijas adolescentes, ignorantes de que esa es una ley inevitable que permite hoy recordarlos y contarlos como familia.

La Banda Musical, a la que denominábam­os «fanfarria», era el mejor sonido para alegrar el ambiente, con música refinada y exótica (pasod obles, pasillos y bambucos orquestados), muy diferente a la de aquel ambiente cantinero. Estaba en procesiones, fiestas patrias y religiosas, desfiles y eventos deportivos…

Como todo lo terreno, la banda murió. Se fue desgranando como una mazorca del pasado, a medida que fallecieron sus integrantes, pero permanece viva en el recuerdo de quienes tuvimos la fortuna de disfrutarla.

En estos días nos abandonó su último sobreviviente, don Luis Eduardo Gómez, llamado cariñosamente «Cantarína», apodo que obtuvo en sus años mozos, cuando en su bestia «Cantarína» actuaba como jinete en las también desaparecidas carreras de caballos, cuyo escenario era la calle de «La Pista». Otro acontecimiento del recuerdo. Su desaparición, a la edad de 98 años, nos sirvió parta hacer esta añoranza de épocas pretéritas inolvidables.

Hoy, a nuestra Banda la reemplaza la extraordinaria agrupación de la Casa de la Cultura, con músicos «de escuela» que tienden a la «sinfónica» o al grupo «filar­mónico», cuyos conciertos nos recuerdan que sus pasos tuvieron otros antecesores que, seguramente, bajo el empirismo y la disciplina, forjada en los pasillos del viejo Palacio Municipal, también tuvieron arpegios y melodías gratas e inolvidables para otras generaciones.

Melodías gravadas en el pentagrama de la vida.

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