LA RUEDA CHICAGO LLEGADA

3. «LA LLEGADA DE LA RUEDA CHICAGO A MARSELLA»Tomado de «Entre Lineas»Por :Julio Giraldo Alzate

La “rueda Chicago” llegó a mi pueblo en el año 1938, y no hizo su entrada triunfal por la carretera que hoy están asfaltando, pues era apenas una trocha no carreteable; su empresario tuvo que dar la vuelta por Chinchiná. Retazo histórico recogido de Don Gilberto Garcia, el primero que se atrevió a montarla una vez instalada en la plaza de Bolívar de Marsella.Contar los pormenores de su llegada y el evidente jolgorio causado por algo tan novedoso, es casi transcribir las bellas páginas de “Cien años de soledad” cuando los gitanos a la cabeza de Melquiades irrumpieron con sus circos en Macondo rompiendo el monótono transcurrir de sus habitantes. De modo pues que en el año de 1938 mientras los alemanes se preparaban para la segunda guerra mundial, y los españoles se despedazaban en su guerra civil, mis coterráneos se divertían de lo lindo con la “rueda Chicago”. Epoca esta, también coincidente con los circos y los grupos escénicos que como trotamundos y “rebuscadores del cocido” iban de pueblo en pueblo con su misma “ Pasión de Cristo “ y las desgarradoras “Genoveva” de Bravante” y “lejos del nido”, deleitando y haciendo lloriquear a sus moradores.
Se instaló pues la rueda con su alegre girar en la Plaza de Bolívar, la que entonces era un terraplén sembrado de casas. Hubo confusión alrededor, y una tensa alegría cundió por el vecindario ya que muy pocas cosas móviles existían para montar, salvo el caballo que hizo su historia en estos pueblos de arrieros, y que a causa del automóvil regresó a su yegueriza a rumiar sus mejores épocas. La curiosidad también desbordó la paciencia infantil y no hubo espera en la escuela para el sonar de campana, a lo cual el maestro hubo de capotear la avalancha juguetona.
Ya habían transcurrido dos días de instalada y de solitario girar, pues nadie se atrevía a montarla, lo que empezó a preocupar a su dueño sobre todo después de haber agotado todos los recursos posibles de convencimiento de lo inofensiva la diversión. Fue en vano también el pago de diezmos y primicias al párroco para que en su homilía convenciera a los feligreses. Pero Gilberto Garcia, niño aun, a quien sus abuelos habían llevado al pueblo a lomo de mula, conocía ya el aparato. Privilegio este que alardeó a su gallada y que conserva fresco en el cajón de sus mocedades y que hacen posible esta tosca remembranza.
Se acercó al tristón empresario, que ya no sabia si empacar o dejarla de monumento en Marsella, a contarle la buena nueva de que en Pereira ya había montado. Un húmedo resplandor brotó de los ojos del ingrimo empresario que alzando al niño por los brazos le dijo: ¡ Me ha salvado usted mijo¡. montose el mozuelo confiado y alegre, y detrás lo fue haciendo el pueblo inundando de alegría la comarca. Y así los juegos se multiplicaron y las fritangas se agolparon.
Fue una fiesta larga, en la que transcurrieron varios meses, los suficientes tal vez para inquietar al alcalde, al que ya incomodaba el desfile de padres de familia por las gradas de la casa municipal a quejarse del tonto y malsano jueguito ese, que ya no dejaba estudiar a los niños y que estaba creando problemas económicos a sus menguados presupuestos. Y así como en Macondo la realidad exagerada bordeó los linderos de la ficción, en Marsella el alcalde tuvo que ordenar a los pocos policías desmontar la rueda, y exigir al rico y alegre empresario que se fuera con su fiesta y su rueda inflacionaria a otra parte.

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