MIRADOR A LA VISTA

Mi relato anterior en este grupo se desarrolló, como ustedes recordarán, en la casa contigua al Colegio de las monjas (actual Casa de la Cultura), donde también se cuenta la historia de El Socavón con alguna leyenda indígena y la mina de oro en El Lago… ¡o debajo del pueblo!
(Ilustración: Plumilla de Julio Villada)
MIRADOR A LA VISTA:
Esa casa, contigua al Colegio de las monjas, sí que marcó historia en nuestra familia Sierra Montoya.
Porque, aunque eran unos bajos situados debajo de donde vivían los Gamba con su hermosa hija María Teresa (que los niños mirábamos embelesados, especialmente cuando subía las escaleras), desde su interior se tenía también un bello panorama hacia la quebrada El Socavón, que pasaba silenciosa unos pocos metros abajo, y hacia arriba, hacia El Rayo, por donde Chuchi Sierra logró huir de una emboscada, cerca de la casita humilde, con piso de tierra, donde vivió misiá Gilma Villa.
A lo lejos, el Alto del Nudo, donde el cacique de Nona escondió su tesoro y por el cual cruzó el conquistador español Jorge Robledo para establecerse en Cartago Viejo, donde mucho después, luego de ser abandonado por el traslado de sus habitantes al Cartago actual, llegarían los colonizadores antioqueños para fundar a Pereira en 1863.
Aquel sitio es un auténtico mirador, según salta a la vista.
HISTORIAS DEL SOCAVÓN:
El Socavón tenía historia, para empezar. Porque ahí donde lo ven (o veían, porque después fue canalizado), ese riachuelo tan insignificante y tranquilo era en los comienzos del siglo XX, cuando acababa de crearse el municipio de Marsella que reemplazó a Segovia, telón de fondo de los sueños colectivos de los marselleses por hacerse ricos, al estar bañados en oro o durmiendo, como sería lo más probable, sobre tan preciado metal.
“Es una historia fascinante”, nos repetía mamá cada vez que la contaba.
Lo era, en verdad. Porque El Socavón tenía que ver con el mencionado tesoro indígena, cuya leyenda atravesó los mares y llegó hasta Inglaterra, de donde una poderosa compañía minera se vino a buscarlo por los lados de El Tablazo tras formar, con el agua de los arroyos que caían por las laderas, un amplio lago, donde se recogía el oro de aluvión, pegado a las montañas.
EN BUSCA DEL ORO:
De allá, del lago que aún existe, partía El Socavón, cruzando cerca del pueblo y dando la vuelta por la escuela de niños, rumbo al río San Francisco, a lo largo de un trayecto que durante varias décadas congregaba a cientos de personas humildes con sus bateas en el agua, agitándolas en rítmicos movimientos circulares, también en busca de las codiciadas pepitas amarillas que brillaban al sol.
LA FUGA DEL MÍSTER:
Por lo visto, sin embargo, el preciado metal no estaba ahí, envuelto en las aguas, sino debajo del pueblo, según aseguró el gerente de la empresa, míster Carter, quien no pudo convencer a sus moradores de echar para otro lado, trasladar sus viviendas a un sitio cercano que él les podría pagar, o simplemente dejarlo hacer excavaciones en el área urbana, propuesta que mereció el rechazo general y hasta la respuesta inmediata de que se fuera y los dejara tranquilos, aunque se quedaran pobres para siempre.
“El inglés desapareció con sus ruidosas máquinas”, concluía el emotivo relato materno, haciendo eco a la tradición oral de los abuelos antioqueños.
Jorge Emilio Sierra Montoya
Puede ser una ilustración de al aire libre
 
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