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MISS UNIVERSO

MISS UNIVERSO

CAPITULO DE LA OBRA «Historias y leyendas de mi pueblo» de Jorge Emilio Sierra Montoya

En plena violencia política, o sea, por allá en 1959, el país entero se estremeció con la buena noticia de haber alcanzado, por primera vez en su historia, la corona universal de la belleza, conquistada por una hermosa jovencita, Luz Marina Zuloaga. quien por más señas es oriunda de nuestra tierra.

A partir de entonces, de la histórica elección, se presentaron hechos apoteósicos, nunca antes vistos: declaratoria de fiesta patria, en honor a la reina; miles y miles de calendarios, estampillas y afiches, con la imagen célebre, inconfundible, ido­latrada, de la mejor embajadora de Colombia ante el mundo», al decir de los editorialistas de los perió­dicos; cientos de bautizos de niñas, con el nombre de la agraciada, el cual a su vez empezó a engalanar parques, escuelas, peluquerías y hasta cantinas, todo ello en medio del entusiasmo popular, salido de su cauce como los ríos de sangre por la guerra fratricida entre liberales y conservadores.

El entusiasmo era desbordante, en verdad. Tanto que algunos exaltados nacionalistas sugerían e incluso reclamaban que el rostro pétreo, sereno, imperturbable, de El Libertador Simón Bolívar en los billetes de peso emitidos por el Banco de la Re­pública, fuese reemplazado por el de la divina re­presentante de Caldas, quien además debía ser mencionada en el himno nacional escrito por don Rafael Núñez.

Por aquellos días, Colombia se olvidó de sus muer­tos, de los «pájaros» y sus crueles asesinatos, de las casas campesinas incendiadas con familias adentro, de los duelos a machete y a bala (compa­rables a los del oeste americano que el cine se encargó de hacer famosos) y de las luchas por el poder político, telón de fondo de la terrible con­tienda.

Marsella, como era de esperarse, no fue ajena a la alegría colectiva, Ni podía serlo, además. Al fin y al cabo, Luz Marina era de Pereira; la vecina ciudad en torno a la cual comenzaba a girar la vida mu­nicipal; era de origen campesino, como la mayoría de sus gentes, y en consecuencia la veían como una de los suyos, como digna exponente de la raza nativa, cómo si el triunfo obtenido les perteneciera y fuese exclusivo de ellos, los lejanos herederos de antiguos colonizadores paisas, quienes también eran los ancestros de la nueva «Miss Universo».

¿Qué sucedería, pues, en Marsella, si Luz Marina Zuloaga se apareciera por esos lados, invitada acaso por el señor Obispo o por el Gobernador del departamento? ¿No sería lógica esa visita dentro de una gira triunfal por algunos municipios caldenses? ¿Y este pueblo no sería paso obligado tras ir a Chinchiná, capital cafetera del mundo?

Tales interrogantes fueron precisamente los que llevaron a Gonzalo Rueda, «el hijo de Margarita», Y a ‘Taco» Jiménez, el hijo de «Agapito», a planear la trascendental visita de la reina, más importante aún que la del Presidente de la República.

Todo lo planearon en un café de la Plaza de Bolívar, mientras tomaban tinto.


Como ‘Taco» era el chofer de la máquina de bombe­ros, las condiciones básicas estaban dadas para que el desfile tuviera lugar, pudiendo traer allí, desde Manizales, a la soberana universal, con el sonido permanente, inconfundible, de la sirena, ante el cual se abrían paso los demás carros.

Pasaron por El Trébol, bajaron hacia el río San Francisco (donde funcionaba la planta eléctrica de Las Mercedes que manejó mi abuelo Felipe), cruzaron los guaduales que se levantan en la últi­ma curva que conduce hasta el pueblo, y cuando llegaron a Milancito, cuando las altas torres de la iglesia podían verse a lo lejos, se desencadenó un gran estallido de júbilo, explotando los «voladores» en un cielo despejado, sin nubes, con un sol ra­diante que parecía no querer perderse el espec­táculo del que Marsella, la antigua Villa Rica de Segovia, no tenía antecedentes.

En La Rioja, cerca al cementerio, la comitiva prin­cipal encabezó el desfile. Adelante, el padre Vélez, quien fungía como párroco, en compañía del al­calde, don Campo Elias Ramos, listo a pronunciar un conmovedor discurso de bienvenida, escrito por Fabio Giraldo, profesor de literatura y poeta clan­destino al que la provincia terminó castigando con su indiferencia.

También iban señoras «de la sociedad», muy dis­tinguidas, con vestidos de gala y joyas acordes con la ocasión; el juez asumía la actitud de persona sobresaliente, tan distinta a la exhibida en las noches cuando jugaba ajedrez con el doctor Correa en el café de Peláez, y el comandante de la policía, siempre tan «estirado», se desplazaba con distin­ción al lado de su esposa, cuya mirada permanecía fija por temor a que el mismo giro de la cabeza le estropeara el peinado.

Y entre el solemne grupo y la ensordecedora má­quina de bomberos, la banda municipal, que no podía faltar, interpretaba «las mirlas blancas, las mirlas negras y las mismas mirlas», según comen­taban, en tono de burla, los corrillos que se fueron formando en todas las calles y esquinas por donde pasaría el cortejo, unos y otros con el corazón a punto de salirse del pecho.

«Mientras uno le da al bombo, al otro le da el in­farto», se decía entre risas, en alusión a la avanzada edad de los miembros de la banda, entre quienes el intérprete del clarinete, por lo flaco que era, se prolongaba en el instrumento, mientras el sepul­turero, que tocaba el trombón, daba la impresión de estar embalsamado, pero vivo.

Cuando el gordo de la tuba, Tarugo», soplaba, se veía a punto de estallar, con sus cachetes inflados hasta la coronilla, y el tamborilero, por desempeñar un oficio tan modesto, era la vergüenza de «los Ló­pez», una familia cuyo prestigio se remontaba has­ta Nicasio, el primer alcalde del pueblo.

Al subir por la Calle Real, caían rosas y claveles desde los balcones y ventanas, en los que se apretujaban abuelos, padres e hijos, como en las procesiones de Semana Santa, especialmente el Viernes Santo, durante el Viacrucis.

El parque estaba adornado con cintas de colores alrededor de las palmas; en el atrio de la iglesia se había hecho un tablado, como si fuera a presentarse una obra teatral, y apenas apareció ella — ¡Luz Marina!. ¡Miss Universo!, ¡la reina!—, el alborozo fue general, con gritos provenientes de todos lados, pues la gente no cabía en la plaza, ni era posible contener la emoción, ni mantener en silen­cio las gargantas.

Por su parte, la reina permanecía de pie en el carro manejado por «Taco» Jiménez; lanzaba besos con su mano derecha que cubría un suave guante gris, prolongado hasta el codo; llevaba un vestido largo, bastante elegante por ciertó; que impedía ver hasta sus pies («prueba de su recato», observaban las matronas), y cubría su rostro —»cosa extraña», se decía— con un velo de seda, por lo cual era imposi­ble apreciar su espectacular belleza física.

En el parque —se comentaba por doquier—, luego de la enorme expectativa creada por el lento y pro­longado desfile así como por el misterio de la cara oculta que hasta Monseñor Estrada soñaba con ver, sería la ceremonia especial, solemne, del «des­tape», momento memorable para múltiples ge­neraciones.

Luz Marina, entretanto, continuaba repartiendo más y más besos, mientras se disponía a ocupar su trono en el centro del tablado adornado con ja­rrones de flores que sólo se exhibían cada año en los bellos altares de la procesión del corpus.

Se oyeron las notas marciales del himno nacional, interpretadas por la banda municipal; las máximas autoridades locales permanecían sentadas, algo incómodas por la excesiva tensión, en las sillas de cuero traídas de la alcaldía, y por un momento, cuando la reina se dirigió al atril donde el alcalde acababa de pronunciar el discurso, hubo silencio absoluto, naturalmente a la espera de sus palabras — y del ansiado retiro del velo que en ocasiones lo­graba desplazarse un poco, hacia los lados, por el paso del viento.

Nadie imaginaba, claro está, que se trataba de una broma; que la bella invitada no era Luz Marina Zuloaga sino Gonzalo Rueda, «el hijo de Margarita», y que en ese preciso instante, cuando se develara el misterio, todos, absolutamente todos, pasarían por inocentes, según lo habían planeado ambos amigos en un café de la Plaza de Bolívar, mientras tomaban tinto.

«¡Pásenla por inocentes!», fue la voz que se trans­mitió por el micrófono, estremeció a los miembros de la mesa principal, resonó en los oídos desespe­rados de las viejas matronas asomadas en los bal­cones del parque, casi provoca la caída de varios niños subidos a los palos de mango, y desencadenó una cadena interminable de madrazos entre los maestros de escuela, los carniceros, los bomberos y hasta las putas. cuyo desengaño no podía ser mayor, ni más triste.

En cuanto a Gonzalo y «Taco», aunque repudiados por su fechoría, celebraron a sus anchas la inocentada que felizmente habían cumplido, entre carcajadas que sólo interrumpían los tragos de aguardiente, culpables de las soberanas borrache­ras a las que algunos amigos, contra la voluntad de sus padres, no tardaron en sumarse.

Y la violencia política volvió tan pronto pasó la fies­ta por la victoria resonante de Luz Marina Zuloaga en el concurso de MissUniverso, cual si el reinado, la celebración y todo lo sucedido en torno a aquella elección, fuese apenas un oasis en el desierto, una pequeña estrella en el firmamento oscuro.

Violencia que aún no termina en los tiempos que corren, por desgracia.

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