RECUERDOS DE MARSELLA : LA CASA DE LOS ABUELOS Y MISIÁ CLARA

Jorge Emilio Sierra Montoya

Hoy pasamos del almacén de Genovevita Álvarez, donde mi hermano Darío y yo visitamos a nuestra tía Adela, hasta la casa de los abuelos maternos: Felipe Montoya y Clara Isabel López, de quien contamos la historia que empieza con su orfandad, sigue con el traslado de niña -¡en la espalda de un carguero!- a Apía, llega hasta el feliz matrimonio y culmina en su conversión como ilustre matrona del pueblo, cuyos secretos más íntimos conocía en detalle, sin pararse de su silla…
Nota: En la foto adjunta, de Emilio Rojas Herrera, vivienda de la familia Montoya López en la esquina del parque, a la derecha.
 
 
 
 
 
 
 
LA CASA GRANDE:
Era una casa grande, inmensa -Ver foto 1-, si bien antes, cuando mi abuelo Felipe se la compró a doña Beatriz López (tía de su esposa Clara Isabel -Foto 2-, quien debió aportar algo con la herencia paterna), llegaba, por un lado, cerca del templo, y, al otro lado, hasta la esquina y hacia arriba, casi hasta la mitad de la cuadra que otrora desembocaba hasta el potrero de una finca de Vicente López, como cabría esperarse de la que fuera vivienda de Nicasio López, el primer alcalde de Marsella.
El enorme tamaño de la casa se relacionaba también con el de la familia Montoya López, integrada por un buen número de mujeres (Mary, Myriam, Margarita, Claribel, Esperanza y Beatriz) y hombres (Tiberio, Fernando, Mario y Felipe), sin contar los dos bebés que la madre abortó y de quienes se contaban historias escabrosas, como la de haber sido arrojados por el inodoro, cuyo propósito obvio era asustar a los nietos o sobrinos para volverlos obedientes y hacerles tomar el camino recto, lejos de los peligros y el pecado.
Tan pronto Darío y yo cruzábamos la puerta y el zaguán, subíamos a zancadas la escalera, llegábamos al corredor que envolvía, desde arriba, al patio de abajo, e íbamos directo hacia la abuela, quien solía recibirnos en su hermosa alcoba, sentada en la cama, con su apretada moña en el pelo y sus manos cuidadas, limpias, blanquísimas, de uñas siempre pulidas y pintadas, o en su amplia silla, la única capaz de contener su pesado cuerpo, donde en las tardes se sentaba a jugar con las cartas que barajaba cual tahúr experto, imbatible.
Donde estuviera, su autoridad se imponía, aún sobre la de su marido, quien la respetaba como si fuera una reina. A ella le bastaba fruncir el ceño, decir una sola palabra o simplemente hacer una señal, para que todos le corrieran, haciendo su voluntad que nadie se atrevía a cuestionarle.
HUÉRFANOS EN PROBLEMAS:
Pero, no siempre fue así. Al contrario, sus primeros años fueron difíciles, nada envidiables: su madre, Dolores Rodas, falleció cuando ella, la hija menor (detrás de Aurora, Rosana y Adela), apenas aprendía a caminar, con un año recién cumplido.
En tales circunstancias, quedó huérfana a muy temprana edad y, para colmo de males, poco después la orfandad fue absoluta porque su padre Vicente, ya viudo, se casó por segunda vez con su hermosa novia de juventud, María Teresa Henao, a quien muchos consideraban destinada a vestir santos o morir solterona, virgen y amargada, arrepentida por haber roto su compromiso al irse de paseo hacia el lejano municipio de Sonsón, en Antioquia, contra la voluntad de su prometido, cuya advertencia él mismo cumplió al pie de la letra: “¡Si te vas, no me llamo Vicente López si me caso contigo”!
Pasado el tiempo, sin embargo, él la perdonó, pudiendo la feliz pareja hacer realidad su sueño lejano que antes veían imposible.
María Teresa, por tanto, se convirtió en madrastra de Clara Isabel y sus hermanos, a quienes ella rechazó desde el primer momento, desde su juramento en el altar a la hora del matrimonio, todo indica que por celos, por no ser los hijos que pudieron ser suyos y porque, a fin de cuentas, ellos no la aceptaron como reemplazo de Dolores, su madre querida.
De ahí que los conflictos familiares se desataran, obligando nada menos que a la intervención de monseñor Estrada, quien aconsejó a los recién casados separar a sus hijos o hijastros para que reinara la tranquilidad en el nuevo hogar, como sabia decisión salomónica.
Clara Isabel, que era la más parecida a su mamá, corrió con la peor suerte: fue enviada donde unos familiares a Apía, largo recorrido que en algunos trayectos hizo en la espalda de un carguero (símbolo de la colonización antioqueña, cuando aún no había carros ni carreteras sino estrechos caminos en las montañas, en ocasiones intransitables para las bestias, caballos o mulas, pues no había espacio sino para una persona, con abismos a la vista).
DE VUELTA AL PUEBLO:
Era una jovencita bastante agraciada cuando regresó a Marsella. De inmediato, como si nunca hubiera salido de allí, se integró a “la sociedad”, a la vida social de las mejores familias, entre las cuales se contaba la suya, por derecho propio. Sus amigas, pues, no podían ser sino quienes vivían en el marco del parque y por la calle real, no las de Chapinero, San Vicente, la Rioja, Alto Cielo o La Gallera, que no eran dignas siquiera del saludo.
“Es igual de orgullosa a su tía Beatriz”, comentaban, con rencor, las compañeras de colegio que eran excluidas por completo de su cerrado círculo de amigas. Ella, por su lado, se sentía cada vez más satisfecha de ser como era, digna exponente de su familia.
CONVERTIDA EN MATRONA:
Con el tiempo, después de casarse y sobrevivir a las tragedias del desbordamiento del río san Francisco que arrasó con la vivienda familiar en Las Mercedes y el incendio que acabó con el local de su esposo Felipe, Clara Isabel se transformó en ilustre matrona, enterada plenamente -¡sin salir de su casa!- de las intimidades del pueblo, entre otras cosas por conocer en detalle la historia oculta de cada familia y murmurar contra negros e indios, campesinos y mujeres adúlteras, mientras rezaba el rosario todos los días, a las tres de la tarde y en la noche, antes de acostarse.
Fue así como la conocimos sus nietos más pequeños, quienes entonces no le veíamos ni un defecto, celebrábamos a sus anchas los chismes que oímos de sus labios y la consentíamos, igual que sus hijos y demás nietos, cual si fuera una niña, que en verdad lo era.
“Mamita Clara”, la llamábamos con cariño, llenándola de besos y abrazos.
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