«RUMBEADERO» QUE SE LLEVO UNA MALDICIÓN

Por  Diego Franco Valencia

«La piscina» era, para las generacio­nes de los de décadas del 40 al 60, de los años de 1900, un lugar especial. El único, quizás, donde se podía «rum­bear» por aquel entonces. En medio de cafetales y de cercas de piñuelas, frente a una enorme y bella casa de dos plantas, bordeada por coloridos barandales, se ubicaba la gigante piscina. Sitio inolvida­ble donde las juventudes aprendieron a nadar y luego a competir en pequeñas olimpiadas programadas en las escuelas y los colegios Estrada y Agrícola. El programa sabatino o dominguero era ir a «la piscina», por tres razones muy claras: primero hacer deporte, disfrutando de un fresco baño; segundo exhibirnos como dignos sucesores de Johnny Weismüller, aquel quíntuple campeón olímpico de los años 20, el mejor intérprete de «Tarzán», al cual conocimos gracias a las películas proyectadas en el Teatro Marsella. Por ello, los estilos elegantes del nado al «braceo», al estilo «mariposa», «de espaldas» o «a lo perro», a la par con los «clavados» desde un improvisado trampolín de dos tramos eran, para muchos, la mejor manera de demostrar que habían aprendido muy bien ese deporte que para muchos es el «arte del agua».

La tercera razón era el disfrute del «rumbeadero», en las inmediaciones del estanque que servía como piscina. Efectivamente, este era un pozo de unos 25 metros de largo por 15 de ancho, que en desnivel, era llenado con aguas que se generaban en las cabeceras de la quebrada que bañaba la pequeña cuenca, desde el Alto de las Peñas y sus cercanías en la parte alta de la finca el Paraíso. En ese lugar era posible «la rumba», ya que en «el pueblo» no había sitio permitido para los menores de edad. Para hacerlo había que tener más de 21 años. Imagínese, entonces, que, de cierta manera, allí no solo se podían quebrantar «las normas ciudadanas» sino que se desacataban hasta los mandatos de papá y mamá.

 

Pues bien, como «entre cielo y tierra» no hay nada oculto, tras un escándalo de tragos y de faldas, el padre Estrada se enteró del suceso. Eso era todo un acto perverso, condenable y reprochable!. «Cómo es posible que en un sitio donde ni siquiera hay presencia de la Policía, estén divirtiéndose unos muchachos en calzoncillos y pantalonetas, con unas viejas casi en pelota?. Eso no puede ser!. ¡Maldición para este sitio que las fuerzas de la Naturaleza se han de llevar algún día!». Fueron las palabras pronunciadas en el púlpito de la iglesia por el prelado insignia de la Parroquia. Entonces, la piscina empezó a decaer. Pocos la frecuentaban después del acontecimiento, muy a pesar de que, en el fondo, las intenciones que nos llevaban a visitarla eran sanas y saludables. Para muchos no era nada más que un sitio donde se podía disfrutar libremente de una vida que ya era común en las ciudades, una manera de liberarse de la «mojigatería» reinante en la época. La finca «La Oriental» fue tradición de la familia de don Erasmo Salazar, entre quienes recordamos a Gustavo, el administrador de la piscina, quien recibía el importe por el baño y colocaba los pasodobles, la música bailable y los mezclaba con la música cantinera, ya que atendía también el viejo bar. Era el hombre «todero». Estaba al pie de la propiedad y era atento y caballeroso como ninguno. Esos terrenos están en una falla geológica reconocida. Por consecuencia de la erosión y los efectos telúricos, el terreno se hundió y la piscina se partió. Nunca más pudo ser llenada y terminó por convertirse en un criadero de cerdos. Esto ocurrió poco tiempo después de la «maldición», hacia los años 1966 y 1967, del siglo pasado. De la vieja «piscina» ahora no queda ni el rastro. La tradición familiar de su propiedad también se extinguió con su último propietario, don Benicio Salazar y escasamente algunos pocos testigos, marselleses sobrevivientes de aquel pasado, se preocupan por saber si la «piscina» de sus afectos desapareció por razones naturales o fue la maldición del padre Estrada que se hizo efectiva. Solo Dios lo sabrá!.

Lo cierto es que a casi todos los chicos de la época se nos acabaron los permisos para volver a disfrutar de «la piscina», ni lo podrán hacer las generaciones venideras. También se murieron nuestros sueños de ser los ‘Tarzanes» de Marsella y hasta «Chita» se nos fue de la mente. Apenas nos queda evocar sus memorias.

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