UN RECORRIDO POR MIS ZAPATOS VIEJOS

 De Fabio Quiceno,”Piracho”, hasta Alvaro Marulanda.

UN RECORRIDO POR MIS ZAPATOS VIEJOS

Por Diego Franco Valencia

Los primeros zapatos de material que tuve la oportunidad de estrenar los fabricó Don Fabio Quiceno, a quien todos conocimos como Piracho. Tenía su* pequeño negocio de elaboración y reparación de calzado en un estrecho local ubicado en una vetusta casa, ubicada en la esquina donde hoy se ubican las canchas de la escuela Mariscal Sucre, diagonal al edificio del Cuerpo de Bomberos. Detrás de aquella casa no estaba la escuela en mención. Existía una laguna que luego se convirtió en el espacio público que ahora conocemos. Corrían los años intermedios de la década el 50. Don Fabio era un tipo simpático. Excelente obrero del calzado y fanático como pocos del Deportivo Pereira (una foto enmarcada de su equipo cubría su espalda, bajo una imagen de Cristo y una veladora materializaba sus ruegos de que el negocio le fuera próspero y productivo. Esos ruegos también fueron los míos ya que aspiraba a que algún día aquel humilde hombre, medio tartamudo, pero jocoso y jovial, alcanzara la afortunada suerte de Don Pedro Morales, dueño de la «Bota Fuerte», el mejor negocio de su género en el pueblo y ubicado en plena calle «Real», donde laboraban otros «maestros» de la zapatería: Ancízar Valencia, César Henao y Ancízar Galvis (guarnecedor). Este sí era un negocio a gran escala. Su exclusividad eran las botas de carramplones, rústicos calzados que servían al mayordomo y al patrono para salir al pueblo por aquellos caminos resbalosos y tortuosos que hoy son carreteras o se ocultan en las malezas y cafetales. Trochas del ayer que formaron las venas viales de nuestra geografía. A la «Bota Fuerte» le trabajaban, como obreros satélites, la mayoría de los zapateros remendones de la localidad. Ornar Franco (cucho), por demás jugador de fútbol habilidoso de la Selección Marsella y entrenador de las primeras escuelas de  formación en ése deporte, pariente en línea  directa de Julio Batea, padre de otro zapatero del Viejo Marsella, Charol, jugador de dado y de fútbol como ninguno. En «Trancaderos» estaba don Antonio Loaiza (Gumarra), viejo tan incumplido como inconfundible, por su chaleco, prenda de atuendo típico, que le servía tanto para el trabajo como para su «cachacura», que más parecía un saco viejo al que se le habían robado las mangas (como lo aseguraban los burleteros amigos del artista). Dicen los viejos qúe al viejo gumarra había que encargarle los zapatos por lo menos con un año de anticipación y que en alguna

unas zapatillas número 37 y cuando se las entregó se las tuvo que regalar a un sobrino pues ya no le servían porque ya calzaba 39.

Volviendo al cuento de la zapatería de Fabio Quiceno, encontré años más tarde, trabajando en el mismo oficio a personajes de más cercana data. Cristóbal Villa, Carlos Galvis (caca), Alvaro Osorio (chorizo), quien llegó a crecer más en lo económico que aquellos personajes de mi historia. Están también en el recuerdo Julio Jiménez, entenado o hijastro de Fabio y Arnulfo Cardona (perica) y, rematando el grupo, Alvaro Marulanda, inspirador de estas notas, a quien, ocasionalmente, busqué el pasado domingo y solo encontré su puesto vacío, aquel que compartiera con Hernán Ospina (en la fotografía). Alvaro estaba en los momentos finales de su existencia, dejando tras de sí unos recuerdos parecidos a los de Piracho: su gran amor por el Deportivo Pereira, el equipo de sus ilusiones, que le dio la última dicha de verlo permanecer entre los grandes del torneo y no sucumbir en el descenso. Se fue con el sueño de verlo campeón, pero confiamos en que desde la tribuna del cielo algún día vivirá ese momento. Nos queda su responsabilidad ante el trabajo y la fortuna del cumplimiento de sus compromisos, en contraste con Gumarra y cucho. No recuerdo si aquellos, mis primeros zapatos de material, me quedaron estrechos o me levantaron ampollas como a muchos. Solo sé que me sentí igual o más satisfecho que aquellos que tenían la capacidad de estrenar los exclusivos «tres coronas» que vendía Campo Elias Ramos. Yo fui feliz con mis «tres pirachos» y, hoy, lo soy más con tener la fortuna de recordar a estos seres inigualables.

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