EL GUATÍN

Capítulo tomado del libro EL GUATÍN del escritor Sebastian Pinzacuá, donde narra la historia del legendario bandolero El Guatín ,quien en la época de la violencia de los años 50 y principios del 60 se convirtió en un personaje legendario para los marselleses. Agradecimientos a Gilberto López Ángel.

EL GUATÍN

El más grande poeta cafetero hizo gala de su habilidad para contar y cantar có­mo de una capa castellana se hizo una ruana para cobija de cuna paisa y abrigo de machos. Sin embargo, se quedó pendiente en su versificación decir que la armadura del conquistador se convirtió en la ruana protectora para los guapos de pueblo y de vereda. Quiero narrarles las aventuras de un paisano de Luis Carlos y de su ruana de Manizales, porque el espíritu del Guatín, ha estado ron­dando por el entejado de mi cabeza pidiendo pista.

Erase una vez en un pueblo, un tipo de apariencia tan insignificante tanto en su vestimenta como en su aspecto, que por partida doble le chantaron su apo­do. Lo uno porque se mantenía alejado de la gente, debido a su inefable timi­dez y lo segundo, porque era lo que llamamos boqui-trompón. Por eso lo llama­ron el Guatín. Este animalito, en vías de extinción, se guardaba de andar meti­do entre la gente y sólo acudía cuando estaba sobre seguro, a las rosas de maíz o a los gallineros, me refiero al de cuatro patas y cola larga, confundido con el cusumbo; pero por ironías de la vida, casi idéntico era el otro, el de dos patas. Ambos se volvían unas fieras si se veían acorralados y curiosamente, los dos, siempre se distinguieron fue por su astucia y sangre fría en momentos de peli­gro y casi siempre encontraban a quien achacarle la responsabilidad de sus ac­tos, tanto a las chuchas como a los chusmeros.

El Guatín de Marsella se volvió malo después que le dieron una aplanchada en la plaza central del pueblo y se burlaron de su figura y de su cobardía. Como to­do un Michín, se fue a desgranar colorao en una cosecha cafetera y tirando jui­cio logró ahorrar para comprarse una ruana gris de pura lana y un revólver de cinco tiros de cañón muy largo, para poder apuntar bien. Y se lanzó por los ca­minos de la vida como chusmero de profesión o pájaro que llamábamos en esos lejanos tiempos. La clientela que necesitaba de sus servicios era muy va­riada, incluía desde gamonales en proceso de expansión, hasta doncellas en­gañadas, que querían hacer justicia a su honor o ampliar sus dominios. Los métodos que empleaba para su acción de bandolero eran característicos y nun­ca los mismos; tenían sí, un sello muy particular y era que siempre ocurrían los días sábado; todo arreglo de cuentas del Guatín era los días finales de la sema­na y aunque cometió muchos atropellos con ventajas y sobre seguro, la le­yenda que se tejió sobre su valentía y marrulla, está enmarcada en ese instinto de violencia que todos llevamos por dentro y nos hace mirar con admiración a aquellos personajes vengativos o malvados, con el deseo secreto de que no nos afecte a nosotros. Mejor dicho, cuando uno es cobarde, justifica a los ma­tones con la secreta esperanza de que uno estará a salvo

Mañana sigo con la historia.

El principio del fin…

La historia del Guatín, estuvo enmarcada casi siempre en la suerte, pero un so­lo error cometido en un momento de apremio, fué el camino hacia la fosa y to­do por no tener precaución al seleccionar sus acciones y respetar a los hom­bres cuando están en sus satisfacciones íntimas.

Al cargo de inspector de policía en una lejana vereda, llamada como todas las veredas de la región: La Floresta, enviaron a un antiguo guerrillero tolimense, de esos que se hizo grabar en su pecho las iniciales de su amada y de su parti­do político, mientras en su alma se grababa los recuerdos trágicos de la violen­cia, para que cumpliera con el deber de atender las quejas de vecinos, arreglar litigios de linderos, presidir los levantamientos de cadáveres de desconocidos y otra serie de perendengues de menor cuantía, pues la persecución de pája­ros la hacía la policía con su brazo de carabineros. Era un inspector colocado como ficha política, mas bien que administrador de justicia, pero la suerte, bue­na o mala le puso al Guatín, unas veces de frente y otras por la espalda.

Criado en un ambiente de montaña en tierra fría, tuvo en su niñez e infancia, una dieta muy rica en harinas, apenas medio balanceada, con el consumo de repollo unas veces cocinado, otros en ensalada y esporádicamente en envuel­tos con carne picada y huevo, dando como resultado que en su juventud se convirtiera en un pedorro famoso y en su vejez sufriera del terrible mal de ser estítico.

Un sábado, en cumplimiento de su labor de inspección de policía, lo atendie­ron en una finca campesina con el plato típico de la comarca como lo eran los fríjoles con coles, agua panela con leche y brevas caladas. Siguiendo la tradi­ción de indio comido, indio ido, salió el tolimense para su oficina todo entamborao, jinete de un brioso y elegante caballo alazán de diamante en la frente, el cual era la sensación entre todo el vecindario y aún el municipio, por el trecho más corto o sea haciendo la travesía y evitando el camino rial. El desechito o camino secundario tenía una zonita medio azarosa al pasar una mata de mon­te, pero para este veterano de mil batallas, ésta era mamey. Apenas iniciado el trecho maluco, le acosó al inspector ganas de satisfacer su intestino grueso o mejor dicho, para que me entiendan los niños, tuvo ganas de hacer popó, por lo cual se apeó de su cabalgadura, la amarró del pisador en una horquetica de písamo, puso su sombrero sobre un matorralito de cordoncillo, a un lado el carriel encima del poncho y su arma de dotación oficial y haciéndose en un clarito, en posición de combate se dispuso a cumplir con la dificultosa tarea que para un estítico, significa dar del cuerpo.

No era el día del hombre, ni era el día del Guatín, como tampoco es el día de terminar esta historia, así pues que ya vuelvo…

El principio del fin del…Guatín

El tiempo transcurre lento a la espera de una historia, por lo cual vayamos derechito al grano y narrar como fué el encuentro del inspector de policía en cum­plimiento de su actividad fisiológica y el Guatín en su plan de pájaro emboscado.

Todo aquel que ha sufrido los males que en mi profesión llamamos estreñi­miento, comprenderán lo angustioso del período de espera; las mujeres lo pue­den comparar con la angustia del parto y los demás, imagínense lo que es es­tar pujando y pujando mientras un tropel de fríjoles verdes con coles, agua pa­nela y brevas caladas, hacen unos cólicos misereres para que el pobre pacien­te sude y puje. En éstas estaba la autoridad, a la vera del camino entre la mata de monte. Por el mismo sendero, pero a pié, venía con sigilo el Guatín a fin de parapetarse y cumplir con el encarguito de la fecha.

El Guatín siempre receloso y prudente, percibió desde lejos el bullicio lastime­ro y lo interpretó como una emboscada que le tejían; la enmarañada vegeta­ción no facilitaba la labor de escape sin hacer escándalo y devolverse significa­ba ponerse a boca de jarro con el futuro difunto que, ya de frente, entendería lo difícil de la situación. Miró con cuidado al clarito y percibió el sombrero so­bre el matorral, el poncho y el carriel al lado, el reflejo del revólver cacha de ná­car, los movimientos del caballo al otro lado y los ruiditos y quejidos espacia­dos y, ahí mismito, calculó que serían a lo menos seis los que lo esperaban. Pe­ro como guerra es guerra, quiso seguir pa’delante y confiar en su sigilo o en su suerte.

Agazapadito se deslizaba por la trocha el Guatín, procurando no mover ni una hoja, controlando su respiración, pisando con suavidad y con el ojo avisor, has­ta que llegó al lado de la mata de guineo, detrás de la cual percibía el mayor escándalo, la fué rodeando con mañitica y zas, se dió a boca de jarro con las nalgas al aire, del inspector de policía de La Floresta. No se supo cuál de los dos se asustó más, si el inspector al sentir el frío del cañón del revólver o el Guatín al recibir el impacto de ventosidades enfrente a su revólver. Ni el uno ni el otro, fueron capaces de pronunciar palabra, ni risa les dió, por lo que el chus­mero fue acercándose hasta el poncho, cogió el revólver de la autoridad y sol­tando el pisador se subió al caballo alazán y partió a todas, dejando con los cal­zones abajo a la justicia veredal, robada y herida en su orgullo.

Era el único que dejaba vivo el Guatín, pero esa, esa fué su sentencia de muer­te.

El sombrero del Guatín

Para todos aquellos que hemos vivido en el campo, la prenda de vestir más im­portante y definitiva es el sombrero. Todo montañero que se precie de su abo­lengo y de sus raíces, sabe que la tejita de protección, seguridad, elegancia, señorío, valor y que jamás puede tan siquiera compararse su utilidad con chiros tan inútiles como los pañuelos, los calzoncillos apretabolas, las medias sin elástico por no hablar de todos esos perendengues que usan los cacha­cos. De ello dió constancia el legendario Güatín en la rica villa. El día en que mataron al Guatín, le faltaba su ruana y su caballo, pero en cam­bio tenía su sombrero y por él, tuvo mucho que ver ese apego que los trompas le cogemos a las cosas y somos hasta capaces de hacernos matar por ellas. Como dicen los muchachos de ayer, a cuantos no estriparon los buses cuando salieron corriendo calle abajo detrás de una pelota de números y como dicen los pelados de hoy a quien no han pillado por andar de gallinazos y salir a mil bregándose a poner unas botas de esas de tacón alto que solo les falta tener servicio sanitario para ser estorbosas. Ah es que en los tiempos de Toñito, era tan fácil salir corriendo a pata limpia.

Con los primeros billeticos que se ganó en un trabajito, se compró mi hombre, el más bonito de todos los sombreros de paño que había en el mercado pueblerino. Era un elegante borsalino de legítimo paño inglés. Bien hormado. La coca superior bien delimitada, profunda pero redondeada, los hundidos frontales, parejitos y suaves, la cinta ancha, de color serio, casposita y opaca y bien ajus­tada, para evitar que la pluma de ave del paraíso, no se fuera a volar en cual­quier descuido. Bueno, el color era evidente, para aquellas épocas de violencia partidista. Las alas cortas y bien dobladas en el frente, mostraban que la pren­da era para cachaquiar y no para estar con ella, por ahí, tirando azadón. Ajá, es que la prenda hace al caballero. Además era muy importante saber que tan­to se debe meter la cabeza dentro del sombrero, porque si a uno le quedaba juagada la prenda era señal, inequívoca, que se la habían regalado o la había comprado en cualquier peña o la había recibido como parte de pago en cual­quier tahuriada de fonda o garito. Pero si le daba a uno precisita en la primera arruga de la frente y le topaba con esa línea imaginaria que le pasa por el borde superior de la oreja y le llegaba preciso para hacerle una especie de arlequín en el pelo que llega a la nuca, era una señal clara de que el fulano la había compra­do sobremedidas, en el mismo almacén en que el jovencito Otto, era el cliente más importante y bochinchero con sus carcajadas en altoparlante. Bueno pues, hasta el miércoles, que les acabo esta historia del Guatín, que se está haciendo como larguita, pero les prometo que ya huele….

La Ruana del Guatín

El Guatín de pueblo actuaba los fines de semana, después del mercado cuan­do los hombres arreglaban sus negocios luego de cuatro o cinco docenas de polas o medio frasco de aguardiente, tomado en tragos de tacón alto de copas soderas y sin pasante, que era como lo tomaban los machos. Ahí hacía su apa­rición el más cotizado chusmero de la región, quien evitaba mostrarse en públi­co y aguardaba a sus víctimas en los caminos azarosos, en las matas de mon­te, o al momento de abrir las puertas de tranca o los broches de los alambrado. Como nadie sobrevivió a su acción de muerte, nunca se supo la forma de ac­tuar, pero disparaba con mucha certeza al lado izquierdo del pecho y casi siem­pre un solo tiro.

Los deudos y las autoridades organizaron sus defensas y su plan de acción, pe­ro como nunca hubo una denuncia en su contra no le podían echar el guante y nuestro personaje recorría la comarca, haciendo sus trabajitos sin que nadie lo molestara. Una vez tuvo que viajar hasta tierras muy lejanas a cumplir su función de tiro al blanco y al regreso debió cruzar el camino del páramo a lomo de mula, en una recua de un arriero que traía maquinaria para la naciente in­dustria de la electrificación. Eran épocas modernas, pero el vehículo seguía siendo la mula y es que esta leyenda es de la década del cincuenta, escasitamente tiene treinta años.

Bueno, pues el Guatín se pegó una emparamada de padre y señor mío, aguan­tando un aguacero durante tres días y tres noches que fue lo que duró la trave­sía por el camino del páramo; claro que estaba guarnecido por su ruana de pu­ra lana de oveja hembra, hecha en los telares del pueblo de Marulanda. La rua­na había recibido toda el agua que podía y de ser livianita y calorosità como co­bija de cuna, pasó a ser pesada y dura como armadura de caballero andante.

En una parada en una fonda caminera, famosa por sus chorizos de puro marra­no, se encontró a boca de jarro con un rival contratado especialmente en Anserma, un pueblo muy vecino, para que le cobrara las deudas con la vida al fa­moso bandido, quien se encontraba entumecido y tiritando de frío, sentado en el corredor, esperando su desayuno. El contratado como justiciero, fue sacan­do su revólver y apuntó derechito a la cabeza, pero el Guatín, serenamente le pidió: compañero, dispáreme, pero al corazón.

Sumisamente el ansermeño obedeció y descargó todo su tamborao de balas hacia el pecho del bandido, que dió un golpe contra la pared de bahareque por el impacto de los tiros, pero que esbozando una sonrisa fue encocando la rua­na, haciendo que los plomos disparados por el revólver hechizo de su agresor, fueran cayendo, uno por uno, al piso al no poder atravesar la armadura en que se había convertido la ruana del Guatín. Era que la ruana se convertía en el es­cudo protector, del ahora más legendario Guatín.

El caballo del Guatín

Cuando Toñito, era más chiquitico y apenas si recitaba los versos de Espron- ceda, el Guatín se había tomado el puesto de honor en toda la comarca, pare­ciendo que fuera el principal accionista o proveedor del más elegante y menos lúgubre cementerio del mundo, allá en Marsella.

Repetir que nuestro personaje era un simple y desapercibido montañero más, es decirle al mundo que era uno más entre la población y precisamente en ello radicaba su éxito. Cuando a una persona, le levantan escama, hasta allí llega, pues ya lo dijo mi filósofo Curvas: «Crea fama y échate a dormir». El Guatín ja­más fue tenido en cuenta por nadie y hasta la vez que lo aplancharon en la pla­za principal de la rica villa, más de un grito de compasión levantó entre las vícti­mas de sus acciones. Pero la grandeza y éxito del chusmero se basaban, par­te, en su caballo.

El caballo del Guatín, era un galopero de crin recortada, contorcido, de poca alzada, algo gomoso y de un medio color castaño tirando a amarillo, que al ver­lo, cualquier algo entendido en esas artes lo calificaba como un táparo. Daba la sensación que servía sólo para carretillero o en el mejor de los casos para cargar carbón o leña en cualquier estancia, sin llegar a decir que era un amasatierra en los galpones, no, eso no. Era un caballito correloncito. Pero como las apariencias engañan, el chalán que lo montaba si sabía lo que es canela y se ha­bía rebuscado los secretos que en esas artes tan sólo conocían los gitanos. Porque si se me permite la expresión, era un sicólogo de bestias, pues cono­ciendo el respeto hacia los enemigos que todo animal posee, se había ido has­ta las frías tierras del páramo del Chilí y había traído un trozo de manteca y una mata de pelos de un oso de anteojos, gigantesco y carnicero; luego en las ca­lientes vegas del Cauca, había cazado con una mera horquetica de guayabo, una rabo de ají, hembra en celo y le había sacado el colmillo principal.

Cogía, mi hombre, estos ingredientes y los mezclaba en la bogadera de agua y guarapo de caña y después de poner en ayuno al caballo, durante los jueves y viernes, le daba este preparado al amanecer del sábado y preciso quedaba el táparo convertido en una bala. Para mejor decir, era como ponerle a un cacharrito nacional el motor de un avión, mejor dicho, quedaba como atleta olímpico en carrera de velocidad. No solamente desbocaba, en todo terreno, sino que saltaba alambradas a lo que daba el tejo, por lo cual los admiradores lo bautizaron con el apelativo del «grillo». Esta acción poderosa, le duraba al animal hasta el día domingo, por lo cual su jinete en forma muy prudente lo guardaba en el potrero, los días de la semana, bien alimentaito y con poco esfuerzo.

Era esta la razón por la cual, el personaje de esta leyenda, solo salía los días de mercado a cobrar las deudas con la vida, que un mal negocio, un honor viola­do o una pasión ciega, constituyeron en los ingredientes para la negra época de la violencia en la comarca; haciendo de los chusmeros personajes de fábula

 

El revólver del Guatín

Ya les había contado todo lo de la ruana del Guatín, el sombrero del Guatín, el caballo del Guatín, la suerte del Guatín y otras cositas de más, pero me queda­ron faltando el monicongo del Guatín, el revólver, el perro y la cicatriz.

La historia del revólver si es increíble. Resulta que al amigo Guatín le tocó una vez que salir corriendo de su refugio, de huida de otros chusmeros que se la te­nían sentenciada y fue a dar hasta el puerto de Buenaventura en donde se pu­so a trabajar muy seriamente en un salón de billares como garitero del juego de cartas que había en la trastienda. Una vez llegó un barco griego, después de una travesía muy larga y entre la tripulación se bajó un marinero grandote y for­nido, lleno de ganas de beber y parrandiar. Ya borracho el hombre, llegó hasta el negocio donde trabajaba el Guatín y por cualquier cosa que pasó se formó una pelotera la macha, siendo la pelea de película, todos contra el gringo. Este se veía acorralado porque rumbaban botellas, taburetes, vasos y hasta mesas y el no se podía defender con su manejo de karate, por lo cual cinco o seis man- salveros, armados de puñales mataganao rodearon el intruso y ya se iban a dar el banquete del año con el extranjero, cuando fue apareciendo el Guatín, diz­que a calmar la cosa y fue recibido con mil y un madrazo, lo que lo emberracó en grado sumo y fue sacando de la relojera una navajita parecida a un corta- uñas para enfrentarse contra esa patota. Para abreviar, eso parecía tasajiando carne colgada; en un dos por tres, salieron estos mancitos chorriando colora­da y de huida del Guatín, porque dígase lo que se diga, ese hombre pa voliar peinilla, barbera o navaja era el as barbado. Total que el gringo o griego, pasa­do el susto, agradeció al Guatín y volvió a su barco acompañado por su salva­dor, lo hizo subir a cubierta y fue sacando de su equipaje una cajita azul, con le­tras doradas y dentro un revólver del más brillante acero y una cacha café os­cura; al ladito del tambor la marca COLT bien redondita y bien impresa; en el centro el número 32. En el cañón, muy largo por ciento, tenía el resalto bien definido para poder tomar puntería y el gatillo nivelaito, duro y muy fácil de ac­cionar. También fue sacando de otra caja, la munición y tomando la carga com­pleta la mojó en un fresco con aceite, antes de introducirla en el cargador. Ese era el secreto del arma. Como tenía las estrías muy finas, la munición debía ser bien pulida y lubricada, para salir con el giro necesario a la velocidad precisa.

Este fue el boquifrio que acompañó al Guatín en su segundo período de vio­lencia cuando se enfrentó con el inspector tolimense, cerca a un palo de totu­mo, allá en La Floresta.

El revólver remojado

Parapetado el guatin detrás de un tronco de árbol de totumo, ese de flores blancas que produce unos frutos grandototes y redondos como la cabeza de un morocho y que cuando revientan hacen un ruido parecido a la explosión de un cristiano, se agarró a disparar con intervalos definidos y claros, pero siem­pre en distintas direcciones y desde distintos ángulos para no dejarse ubicar por toda la tropa de policías que lo rodeaban.

Por ejemplo, disparaba hacia una mata de guineo a la derecha, detrás de la cual se escondía un policía gordo y de acuerdo con el movimiento de las hojas de los colinos suponía en qué dirección se habla tendido su blanco, después cambiaba de dirección y apuntaba hacia el barranco del camino a un grupito como más cobarde y después girando casi del todo se enfilaba su cañón hacia el comandante que se ocultaba a la izquierda detrás de una pila de leña. Estos disparos los hacia con el revólver que le habla robado al inspector y era más bien graniaitos, pero con muy buena puntería.

Una vez seleccionado su blanco, cargaba su revólver con el parque que guar­daba en una bolsita de cuero de ovejo, embadurnadas en manteca de oso, re­vuelta con aceite de ricino, un diente de ajo y unos fruticos achicharrados de ají pajarito, un invento que él habla hecho para facilitar el giro rápido dentro del cañón y hacerle más dolorosa y más letal las heridas a la víctima, pues si no los mataba el plomo se los papiaba la infección. Ya conociendo cual era la reac­ción del paciente, se cuadraba y en una fracción de segundo colocaba la me­dia docena de plomos en los diferentes lugares en los que calculaba estaba el bulto y eso era preciso, no fallaba lance, provocando entonces el pánico entre sus perseguidores. Es necesario aclarar que esa serie de disparos más bien pa­recían una ráfaga de ametralladora y esos implementos eran desconocidos en estas faldas de Midios. Inmediatamente terminaba su serie letal, metía el ca­ñón del revólver dentro del coco del sombrero, que previamente había llenado de agua en la quebrada y lo secaba pausadamente con su poncho blanco de ra­yas delgadas. Esto era indispensable pues el uso tan frecuente de ese tipo de munición recalentaba el metal, lo que significaba que con acero destemplado el proyectil perdiera velocidad y fuerza y no fuera capaz de atravesar un tronco de plátano y el pellejo de un cristiano.

Este cuento del revólver refrigerado del guatín, hizo crecer aún más, el mito de este chusmero que un sábado en la tarde, mantenía a toda la tropa de la región atrincherada lejos del alcance del hombre parapetado detrás de un totumo, en una quebradíta cerquita del río Campoalegre.

El parapeto del Guatín

El guatín desaparecía por tiempos como si lo hubiera tragado la tierra. La gen­te nunca supo lo que ocurría en esos períodos formándose toda clase de leyen­das o suposiciones, una de las cuales fue su famosa cicatriz y las circunstan­cias que la motivaron y que les sirvió como base para asegurarse de su verda­dero identidad.

Resulta que ese sábado por la tarde en que se le robó el caballo al inspector de La Floresta, toda la policía de la región puesta sobre aviso y animados por la recompensa de cinco mil billetes que daban por su captura vivo o muerto, sa­lieron a perseguirlo por los lados de una quebradita muy correntosa que desem­bocaba al río Campoalegre. No se veían sino pasar volquetadas de tombos, ar­mados de carabinas y dispuestos a ganarse el biyuyo, así les tocara ganarse un pepazo con tal de pasarlo al papayo.

La cacería fue completa, mientras los unos venían en volqueta desde la orilla del río haciendo escándalo para espantar el miedo, los de la cuchilla iban a ca­ballo siguiéndole la pista en la trocha mojada y los más berraquitos voliando quimba por entre los cañaduzales de las fincas, hasta acorralarlo en la vaguita que bordeaba un guadual tupido. Ahí se tuvo que parquiar el guatín, al lado de un charquito en donde había un ariete y a todo el lado de un árbol de totumo en plena cosecha y empezó como a la una de la tarde el abaleo más tenaz de todas las épocas en esa tierra panelera, cafetera y ganadera, sede del imperio del más famoso chusmero de la época.

El armamento del guatín lo componía el revólver Colt de seis tiros que le había regalado el gringo en Buenaventura, una pistolita hechiza de dos tiros parque la U y el revólver que le había robado al inspector junto con el caballo. En un líchigo llenaba toda la munición necesaria para una guerra mundial. Mientras el hombre rodaba falda abajo iba disparando una y otra de sus armas para ha­cerles creer a todos que estaba acompañado de los secuaces de su cuadrilla y a decir verdad, muchos le creyeron.

Cuando ya no tuvo escapatoria, le tocó ponerle el pecho a la realidad después de tres fallidos intentos de camuflarse entre las ramas altas de un palo de café arábigo que más bien parecía un rancho, metiéndose en un cajuela llena de pulpa fresca de café y encaramado en un arbolito frondoso de mango que estaban en la sementera, pues allí siempre lo pillaron y lo fumigaban sin compasión, menos mal que con mala puntería, pues le rotaban su parapeto y, él fresco o mejor dicho ileso, como decía el reporte del juez.

Más o menos a las tres de la tarde se cuajó la balacera, entre los uniformados y el guatín, escondido detrás de un tronco de totumo al lado del cual extendió su poncho blanco de rayas, su sombrero con pluma del ave del paraíso y un escapularío verde de la Virgen del Carmen.

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