MONOGRAFÍA

MANERA DE PROLOGO, PUBLICO ESTA CARTA ENVIADA POR UN ILUSTRE HISTORIADOR


El nombre de Marsella, villa y municipio del antiguo Caldas, tenía para mí resonancias afectivas por indicar la procedencia de amigos muy dilectos: los hermanos Guillermo y Julio Aguirre Quintero y Guillermo Uribe —mente inquieta y corazón abierto—. Pero cuando cayó en mis manos la Monografía de Marsella, 1.954 escrita por don Célimo Zuluaga me imaginé, al pronto que no pasaba de ser un folleto de información geográfica y cívica, puramente noticiosa, compuesta en estilo notarial y didáctico. Al recorrer sus bien impresas páginas, cuánta no fue mi sorpresa encontrarme con un estudio histórico, una semblanza evocativa de un pueblo, de una laboriosa y progresista comunidad ciudadana, desde sus primeros pasos marcados con el signo vigoroso y emprendedor de la raza antioqueña.—raza de conquistadores y dominadores— hasta sus más recientes esfuerzos por convertir la rústica fundación de don Pedro Pineda en apreciable centro de civilización y cultura.Todas las partes de su contenido están armónicamente,, compaginadas para ofrecer a las venturas generaciones la visión de un pasado estimulante y al erudito y al simple lector culto, rasgos y elementos para ilustrar la historia nacional, la verdadera historia del país que no es sino la confrontación y combinación de sus historias locales, urbanas y campesinas.Quien suscribe este sincero testimonio, no ha podido menos de compulsar datos y aspectos consignados por el señor Zuluaga con los que aquél mismo ha venido allegando para preparar una .serie de biografías de hijos egregios de Buga, su ciudad nativa. Es curiosa,, la semejanza y relación entre ciertos sucesos y figuras que le imprimen sello anecdótico a la investigación histonográfica realizada sobre centros de tan diversa formación y .desarrollo, como son la ciudad Señora, Guadalajara de Buga, de antigüedad colonial, aristocrático empaque y descollante figuración intelectual y política y esta discreta población de Marsella, que sólo cuenta poco más de un siglo de establecida con el nombre de Villa Rica de Segovia y menos de una centuria de su promoción a la dignidad municipal.



Así, el ingenuo relato de la hija del fundador, Valeria Pineda, se empareja con referencias tradicionales que oímos de labios ancianos sobre la primitiva condición del vecindario de Buga. Pero aquí resalta gran diferencia de actitudes y propósitos: los fundadores de Buga descienden «de la cumbre al llano» a demarcar e instalar una ciudad con todas las formalidades jurídicas y nobiliarias, de la España colonizadora; en tanto que los animosos fundadores de Marsella penetran en fa selva bravía bajo el brusco llamamiento de Pedro Pineda a su familia: arreglen para que nos vamos a fundar un pueblo. «De allí en adelante refiere doña Valeria -«seguimos abriendo trochas con calabozos, pues en esa época las peinillas y machetes no eran conocidos, hasta que acampamos en donde hoy está la plaza. Al pie de un grueso lembo junté candela para hacer de comer mientras mi padre y uno de los pequeños inspeccionaba los alrededores. Era tan tupido el follaje de la selva, que el humo se extendía bajo los árboles invadiendo gran trecho antes de elevarse, lo que obligó a gritar al pequeño lleno de temor: miren que sé está quemando el monte».

Todo ese relato reproducido en su primitiva llaneza por don Célimo Zuluaga encierra grandeza épica pues en la epopeya popular hay una grandiosidad inconsciente y verdaderamente humilde como la de quien cuenta cosas que tienen significado transcendental que el narrador no parece percibir. Y son épica también las precisiones genealógicas y datos de registro eclesiástico de los héroes ignotos que destrozaron la selva virgen, entre rugidos de fieras y columnas de humo que ocultaban el follaje protector para darle origen a una ciudad, como el de todos los centros urbanos de la historia.La «vida» de Marsella me ha sugerido paralelos de semejanzas y diferencias con comunidades urbanas que me son más conocidas. Espigando aspectos, tomo al acaso la afición teatral que no ha logrado en Colombia un cultivo intenso, perseverante y creador pero que, mantenida en esa etapa espontánea, no ha contribuido poco a la elevación del nivel estético de nuestro pueblo y ha procurado noble y sana expansión para remover la dureza y monotonía de la vida aldeana que duerme aún en el fondo de las ciudades populosas. Las compañías de aficionados que se formaban en Marsella recuerdan las similares que en el siglo pasado congregaban los altos espíritus de Vicente Becerra y Luciano Rivera y Garrido: las mismas piezas dramáticas que se representaban en la villa de los Bedoyas, Otalvaros y Betancures, «Los dos Sargentos» revelan identidad de gustos que equiparan estéticamente la sociedad guadalajarense y la sociedad marsellesa.

Hasta mi memoria infantil le sale al paso a estas «Reminiscencias» de Zuluaga: El nombre, perfumado de virtud y caridad, de Sor Vicenta López, tan vinculada a la educación femenina de Buga, donde murió en 1.919; el amor candoroso conque coterráneos míos se dedicaban a la erudición mistológica, en Marsella ha dado frutos tan curiosos y copiosos como ese Diccionario Mitológico Universal en siete tomos y La Historia de las Religiones Paganas, labor investigativa a que ha consagrado 32 años de su vida, Lisandrino Cardona Valencia; el periodismo esporádico y la poesía de tinte romántico y evocador, uno y otra, productos típicos del siglo pasado registran en Marsella, como en Buga, significativa reiteración.Pero no puedo detenerme en dos datos que relucen con lumbres de mi propia infancia: «Aproximadamente en ef año de 1916 el pueblo tuvo su alumbrado eléctrico…. Al tener luz se inauguró un salón de cine…. El primer cine que se conoció fue el del profesor Arak, ciudadano argentino, célebre ventrílocuo, prestidigitador e ilusionista que tan deliciosas horas de alegría nos proporcionó en nuestra niñez. Años más tarde se radicó en Medellín, donde organizó un hotel». Ahora bien, el mismo mago Arak estuvo en Buga en mayo de 1912, secundado en sus funciones por la hermosa Miss Judith y exhibiendo las primeras películas de cine de que pudo disfrutar la sedentaria Villa del Milagroso. Gracias a la minucia reminescente de don Célimo Zuluaga he completado mi información sobre ese personaje que también «alegró inolvidables horas de mi niñez».El otro dato se refiere a emociones imborrables causadas por los instrumentos del progreso moderno: «El primer grafófono fue traído a la ciudad por el señor Manuel Vázquez Hoyos y lo exhibía en su tienda. Traía ese aparato, que remplazó al fonógrafo, una gran bocina y sólo se oía a una distancia máxima de cinco a seis metros. Cada persona pagaba cinco centavos por oír un disco que era generalmente «La batalla de Palonegro». Sustituyase el nombre del señor Vázquez Hoyos por el de don Ernesto A. Ortiz y algún célimo de Buga podría consignar idéntico apunte.
Como en calidoscopio ilustrativo y pintoresco, la Monografía de Marsella ofrece, a vista de lector, un desfile de imágenes recortadas en piezas coloridas: servicios públicos, empresas privadas, actividades artísticas, manifestaciones religiosas, movimiento cívico, toda la «vida» de un pueblo colombiano con rasgos característicos comunes a comarcas distantes de una misma patria y con notas distintivas que piden una investigación sicológica y sociológica.
De la mano mágica de Célimo Zuluaga Aristizábal he contemplado toda esta «función» histórica desde la venerable figura tutelar de Monseñor Jesús María Estrada —ejemplar de heroísmo, abnegación y sabiduría no siempre reconocidos— hasta la humorística llegada del primer automóvil, noticia simbólica de progreso gradualmente asimilado y prudente mantenedor de salvadoras esencias ferrígenas.

ARMANDO ROMERO LOZANO ,Santiago de Cali, e

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